El casero de la Colonia Americana 

Un casero muy peculiar que me rentaba una habitación en la Colonia Americana.

Cuando la revista Time Out nombró a la Colonia Americana de Guadalajara como el mejor barrio del mundo, me acordé de los dos años que viví ahí y del tipo que me rentaba una habitación en su casa. Era una casa grande, muy linda, con muebles elegantes y muchas plantas. Este señor, a quien llamaré Benja, desde el principio me pareció un personaje que exigía ser escrito. Tenía más de cincuenta años y nunca había trabajado; su mamá se encargaba de su manutención. Todo el día andaba en bata de baño y no salía a la calle, salvo en ocasiones muy, pero muy especiales. Su vida pasaba entre su cuarto y la cocina. Nunca vi a él ni a nadie en la sala.
Su mamá, que vivía en Estados Unidos, le mandaba una pensión mensual y, a ese ingreso, había que sumarle lo que ganaba por rentar tres habitaciones. Para cualquier persona sensata, esos ingresos no solo serían suficientes para sobrevivir, sino que le permitirían algunos gastos superfluos; pero para Benja no era insuficiente. Gastaba mucho en comida de la calle y nunca llegaba airoso a fin de mes; entonces, mandaba a la señora del aseo al cuarto de cada inquilino, varios días antes de la fecha correspondiente para ver si le podíamos adelantar, aunque sea unos quinientos pesos. Yo lo hice algunas veces, como gesto solidario, pero cada mes mandaba a la señora con mayor anticipación y vi que se le estaba haciendo vicio y que, en algún momento, el anticipo se empalmaría con las otras rentas, así que le suspendí el servicio.
Con alguien así, nunca faltaban peripecias en la casa; como muchas sitcoms, cada semana era un episodio distinto. Mis amigos, ya al tanto del personaje, solían pedirme la sinopsis de la emisión más reciente.
En un episodio nos cortaron el internet porque no lo pagó. Fui a exigirle una solución y, sin ningún pudor, le dijo a la señora del aseo que me pasara la clave del wifi de los vecinos, un despacho de abogados, y me invitó a no usarlo en mi cuarto, que estaba muy lejos, sino en la sala, donde llegaba bien la señal. 
Yo tenía mi lavadora y él la suya, y ese fue el tema de otro episodio. Un día encontré mi lavadora con signos de fatiga y explotación. Al rato supe que Benja se las había ofrecido a los nuevos inquilinos para que no batallaran en lavanderías públicas, mientras que la suya la había enjaulado para que nadie la tocara. 
En otra ocasión llegué de trabajar una tarde y vi a un perro adulto amarrado en el patio, a punto de la insolación, con una cubeta de agua casi hirviendo, pues el animalazo de Benja lo dejó en la mañana, cuando había sombra, y no previó que el planeta se movería. Lo bueno fue que entendió que tener un perro implicaba compromiso y lo devolvió a los tres días. 
Otra vez quise tender mi ropa a secar, pero no había lazos porque Benja los había quitado para colgar un costal de box que, por supuesto, confeccionó él mismo para no malgastar su dinero. Esa afición le duró una tarde. 
Una roomie compró un refrigerador en Walmart para no tener que usar el de Benja. Como no se lo llevaron a tiempo, se enojó y consiguió que le reembolsaran su dinero, pero cuando los trabajadores de Walmart llegaron a recoger el refrigerador se encontraron con que Benja lo había desempacado y ya lo tenía refrescando sus alimentos. Estaba convencido de que tenía derecho a ese refrigerador y hasta mandó a la señora del aseo a asesorarse con el bufete de abogados al que le robaba el wifi.
La última, para mí, fue que un día llegué de noche, no muy tarde, como a las once, y encontré la puerta cerrada con doble llave, la que yo tenía y la que no. Toqué, timbré, pateé la puerta, pero no hubo respuesta. Un buen amigo, que vivía a dos cuadras, me dio posada esa noche. Al día siguiente, furioso, le pedí una explicación. Benja me confesó que había tenido un día pesado y se durmió temprano, por eso no escuchó nada.
Sé que habla mal de mí haber tolerado a un tipo así, pero yo era joven, tenía el dinero justo y, como muchos tapatíos, buscaba el sueño de la Colonia Americana. Y la verdad es que Benja era un personaje como Ignatius Reilly: dueño de todos los vicios, pero inofensivo. Por otra parte, yo tenía mucha independencia, mi cuarto estaba al fondo de la casa, pasando un agradable jardín lleno de flores, y veía poco a Benja. Además, durante mucho tiempo, esos episodios fueron esporádicos; el problema fue cuando se volvieron semanales, entonces sí, me harté y, con toda la pereza del caso, empaqué mis triques y me fui. 
Traté de encontrar otro lugar en la Colonia Americana, pero la gentrificación se había acelerado y ya era como vivir en Manhattan: los lugares dignos eran impagables y los lugares pagables eran indignos (el típico cuarto del perro, acondicionado con un plato térmico y un frigobar para convertirlo mágicamente en un loft). Preferí mudarme a una colonia popular, de esas que no salen en los rankings, sin librerías, ni cafés, ni restaurantes, ni portentos arquitectónicos, pero, también, por suerte, sin Benjas. 
En conclusión, no sé cuál sea la metodología de la Revista Time Out, pero tengo claro que es muy deficiente o que alguien no hizo bien su trabajo, pues no tiene sentido que el mejor barrio del mundo sea una demarcación donde vive el Benja. 

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