Ninguna de las tantas escuelas en las que he estudiado ha sido más fácil que la Facultad de Artes Plásticas de la UdeG. Como los maestros eran artistas, los alumnos eran artistas, incluso los administrativos eran artistas, había un gran ambiente de libertad y el compromiso con la academia era muy escaso.
Era tan laxa la disciplina de la escuela que un amigo me contó de un maestro que les dio su primera clase en La Fuente, la cantina más cercana, y esto, un mes después de iniciado el semestre, porque alguien lo delató y los alumnos fueron a ver qué conocimientos podía ofrecerles. La azotea, por ejemplo, era zona de tolerancia máxima, donde se podía tomar cerveza y fumar mariguana afuera de los salones. Nadie se espantaba por eso, era una tradición; quizá los maestros la inauguraron o, al menos, la honraron en su etapa estudiantil.
En ese contexto es difícil entender lo que le hicieron al Spider, uno de nuestros compañeros en el primer semestre. Era un joven con ligero retraso mental. Tenía esos ojillos saltones, característicos de su condición, tartamudeaba un poco y era aniñado. Yo calculo que tenía una edad mental de once o doce años. Le decíamos Spider porque le gustaba mucho el Hombre Araña, a veces, incluso, se ponía el traje, de la parte de arriba, sin la máscara.
No faltaba quién quisiera pasarse de listo echándole carrilla malintencionada y, como no sabía responderles, se ponía rojo y balbuceaba algunas palabras de enojo, pero no era violento y, como los niños, recuperaba rápido su buen ánimo. Con quienes no lo molestábamos era muy amable. Bromeábamos tratándolo como a Spider-man y él hacía la mímica de lanzarnos su telaraña. Tal vez lo de la edad mental habría sido un problema estudiando en ciertas carreras, pero no en una artística. En términos prácticos, estudiar arte era como ir a un kínder de adultos, solo que con sexo, cerveza y mariguana, pero ninguno de estos tres eran parte de la currícula.
Spider no era el más aventajado de los alumnos, pero tampoco era el peor. Tenía algo muy valioso: esa mirada única de ciertos artistas, esa manera de representar algo que no se parece a la de nadie más. Recuerdo la cabeza de un caballo de plastilina café que hizo en el taller de escultura. Otros hacían excelentes estudios anatómicos, pero eran aburridísimos, como esas esculturas monótonas del Centro Histórico; su caballo era del tipo expresionista, tenía los ojos saltones como su autor y una mirada perturbadora, inolvidable.
Fue muy impresionante cuando volvimos al siguiente semestre y no vimos al Spider. Preguntamos por él, y no recuerdo quién, nos reveló la triste historia. Los maestros se habían puesto de acuerdo para reprobarlo. Según ellos, no se podía permitir a alguien así en la escuela. «Así ¿cómo?, hijos de puta», dijimos nosotros. Pienso que en otra época de mi vida habría conspirado con mis compañeros para devolverle su lugar al Spider, pero en ese momento era muy joven y la verdad, no supimos qué hacer, sino indignarnos. Qué ironía que esos maestros tan laxos quisieran dar lecciones de rigor, y qué vergonzoso que en una escuela de arte se castigara al que era diferente.
Muchas gracias, Fons, por compartir tus textos, siempre con algún, algunos, mejor dicho, toques de ese humor particular, inimitable. Te mando muchos saludos.
¡Gracias por leerme y por comentar, estimado Juan Manuel! Me honra mucho lo del humor, viniendo de ti, un maestro del ingenio y la ironía. Recuerdo unas muy buenas. Abrazote.
Gracias fons, por compartir.
Siempre me entretienen sus relatos, siempre les platicó a mis amistades sus historias.
¡Qué gusto que me leas! Y gracias por comentar.
P.D. A la otra me dejas tu nombre, para saber si nos conocemos en persona. 🙂