Las dos vendedoras rubias de Budapest
Crónica de dos rubias que vendían perfumes en una plaza comercial de Budapest.

En la ciudad de Buda, enfrente de la residencia estudiantil, encontré un buen lugar para escribir en una plaza comercial que ponía mesas y sillas muy cómodas en los pasillos del segundo piso. Ahí escribía tres o cuatro horas diarias, con ciertas pausas para descansar la vista de la pantalla. En esas pausas me asomaba a ver qué está pasando en la realidad inmediata y, desde mi posición, veía con impunidad a los que estaban en los puestos de abajo, sin que nuestras miradas se encontraran. En uno vendían repostería, en otro pintaban las uñas, había uno donde tenían una fuente de chocolate derretido, pero el que me llamaba la atención era el de perfumes, por las dos mujeres que lo atendían: una era rubia natural, tenía cuello de cisne, era esbelta y curvilínea; la otra era unos diez años mayor, llevaba un tiempo sin retocarse las raíces, así que tenía 1/4 de cabello negro y 3/4 rubio, era de cara redonda y, con ciertos movimientos, se le dibujaba un poco de papada. Como su puesto era muy sencillo: un mostrador y un cajón que formaban una L, por sí mismo, no llamaba la atención de nadie, así que la misión de ambas vendedoras era abordar a la gente y llevarla al exhibidor para darles a oler las fragancias y tratar de que compraran alguna.
Si somos sinceros, cualquiera que haya vivido en este planeta haría un mismo pronóstico de ventas a partir de esta descripción, si eso fuera una carrera de caballos es obvio que todo mundo apostaría por el de los rasgos finos y la crin dorada. Podemos estar de acuerdo o renegar, pero son bien sabidas las ventajas de la apariencia, de hecho, dice la leyenda que cuando le preguntaron a Aristóteles por qué todo mundo prefería a las personas bonitas, respondió que esa era una pregunta propia de un ciego. Yo, conociendo el mundo y viendo lo que he descrito, deseé que no les pagaran a esas vendedoras por comisión, de manera individual, pues habría sido injusto para la rubia 3/4, pero me faltaba observar mejor.
Desde mi perspectiva, a vuelo de pájaro, noté que la rubia era muy tímida porque abordaba poco a la gente, y cuando lo hacía y la rechazaban o la «dejaban en visto», regresaba a su puesto incómoda, rascándose los codos, con expresión de humillada; en cambio, era un espectáculo ver a la rubia 3/4 en acción, porque siempre se acercaba decidida, sonriente y no sé qué les decía a los potenciales compradores, pero debía ser muy simpática, porque hombres y mujeres se reían o, mínimo, le sonreían de muy buena gana y, por lo regular, desviaban su camino para ir al puesto a que les mostrara los encantos de esos perfumes; a veces, incluso, se los llevaba de la mano. Por supuesto, sus magias no funcionaban con todos, pero la gente que no detenía su camino, se despedía sonriente, casi con culpa, y ella regresaba a su puesto bailando, dando piruetas, haciendo la mímica de que tocaba un saxofón, esgrimiendo un florete o caminando en suelo lunar.
Me pareció un buen ejemplo de que no hay que tomarse a Aristóteles ni a nuestros prejuicios tan en serio, pues son útiles, en muchos casos, pero siempre hay un margen de excepción. Sigo deseando que no les paguen a esas vendedoras por comisión, de manera individual, pues pobre de la rubia bonita, prácticamente habría estado haciendo voluntariado.
