Genios que pintan moscas hiperrealistas con un pincel finísimo de pelo de camello
Cuento de una pintura hiperrealista que desafía los límites biológicos de la mirada en cada obra, pero nunca les da gusto a los críticos. Extraído del libro "Genios que pintan moscas..." (2024).
No descuidaba ningún detalle en sus pinturas, ni la transparencia en una gota de rocío, ni la textura en una minúscula hoja de tabaco consumiéndose, ni la sutil gradación de luz en los ojos, ocelos y omatidios de una mosca. Su mirada era tan aguda y su técnica tan minuciosa que capturaba la realidad con más detalles que las cámaras fotográficas; por eso la llamaron Volshebnitsa (la bruja). No obstante su popularidad entre los aficionados, algunos críticos de arte la acusaron de que el efecto hiperrealista de sus obras solo se mantenía viéndolas a la distancia; si el espectador escrutaba la superficie saltaban los bordes de la pintura y se podían identificar, sin gran dificultad, los trazos de pinceles planos, redondos, de abanico, de pelo de marta o de camello; para unos ojos educados no había ninguna magia.
En obras posteriores, la artista desapareció hasta la más mínima huella de su elaboración; ya no se encontraba su trazo ni examinando el lienzo a cinco centímetros de distancia. Muchos de los detractores quedaron satisfechos con la nueva proeza, pero aun resistía un pequeño grupo que, observó, los nuevos cuadros solo desplazaban el problema de un material a otro, pues aún era visible la trama de la tela y eso rompía la ilusión de realidad. La artista perfeccionó el procedimiento sobre una imprimación lisa, con pigmentos, médiums y pinceles que nadie pudo identificar. Con eso calló prácticamente a todos, salvo a Harry Stone, el líder de la New School de la crítica estadounidense, que en un despliegue de agudeza, sentenció que esos ardides solo engañaban a la vista simple, pero bastaba una lupa estudiantil para desnudar la «hechicería».
La artista desapareció de las galerías, las subastas, los sets de televisión, las calles; nadie supo nada de ella hasta que volvió a los reflectores un año después y expuso en el Museo del Hermitage una obra titulada La aldea de los ciegos: un lienzo de 3.5 x 8 metros con el plano detalle de unos ojos que miraban desafiantes al espectador. La representación era tan fiel que, desde todos los ángulos y distancias, venció a las lupas estudiantiles y profesionales. Otro crítico de la New School sugirió utilizar el célebre microscopio canadiense, «el Hubble del micromundo», y entonces ocurrió el milagro: en lugar de que el microscopio mostrara los materiales del cuadro, aparecieron las formas correspondientes a la fisiología de unos globos oculares: las líneas estriadas del cristalino, los conos y bastones, la estructura de las células, el ADN… cuando la resolución del aparato estaba por llegar a su tope, los curadores y científicos hallaron la réplica a nanoescala de los primeros ojos, anunciando una serie fractal o una matrioshka infinita.
El suceso causó tal impresión que hordas de creyentes y escépticos de todo el mundo se prosternaron ante la artista y su obra. Desde que se descubrió el prodigio de su pintura, ya no solo la visitaban los curiosos del arte, sino creyentes de diversas religiones para ser vistos por el cuadro y pedirle milagros. Todo era asombro hasta que la New School se posicionó por medio de de una carta abierta a Volshebnitsa, en la que aseguraban que ese cuadro no era una creación humana, sino divina y, por tanto, no era arte, ni tenía nada que hacer en un museo, lo mejor sería llevarla a la Catedral de San Basilio o a cualquier otro templo, iglesia, mezquita o sinagoga, para que la disfrutaran los creyentes. A pesar de que los críticos de la New School eran muy influyentes en el mundo del arte, la obra no se movió del Hermitage y la gente siguió viajando de todos los rincones del mundo para admirar el portento.
Muchos asumieron que Volshebnitsa colgaría los pinceles después de su obra milagrosa, pues, por una parte, nunca les «llenaría el ojo» a esos críticos y, por otra, no había manera de llegar más lejos en su hiperrealismo. Así se confirmó cuando desapareció otra vez del escrutinio público, pero unas semanas después, su nombre volvió a ser tendencia mundial, relacionado con un suceso insólito: cierto día, a la misma hora, en distintas ciudades del mundo, cada uno de los críticos de la New School sufrió una desgracia, provocada por distintas causas, pero con una misma consecuencia. En uno se atribuyó a un mal congénito; en otro, fue resultado de una riña callejera; en los demás, por infección, intoxicación, accidente químico… el caso fue que a los doce críticos de la New School, en Bruselas, Helsinki, Tel Aviv, Nueva York, los alcanzó la misma desgracia: todos quedaron ciegos. Algunos juzgaron que era una coincidencia rarísima, mas no imposible; pero la mayoría interpretó la serie como el regreso de Volshebnitsa, su nueva brujería y su nueva genialidad. Una vez rebasados los límites materiales del arte, ahora estaría creando obras vivas, ésa quizá era un homenaje a Brueghel el Viejo y su Parábola de los ciegos. Para acallar o confirmar las sospechas, hubo una ardua investigación en la que participaron expertos de varios países, pero no encontraron ninguna conexión causal entre los eventos, ningún trazo, ninguna huella.