Dados y cuerdas

Cuento extraído del libro "Manuscrito hallado en un manuscrito" (Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, 2009)

Not only God definitely play dice, but He sometimes confuses us by throwing them where they can’t be seen.

Stephen Hawking, “Does God Play Dice?”

Imagina que en este momento, mientras vas en un tren, una persona igual a ti, del otro lado del mundo, o del otro lado del universo, o en el extremo contrario de la rueda cósmica, piensa lo mismo que tú. Si está sucediendo, no te das cuenta. De hecho, no es necesario situarlo tan lejos; el plano físico y temporal no es un factor determinante. Mejor imagina que esa persona no puebla otra geografía, ni está separada de ti por un universo espacial o una muralla de tiempo, sino que va en el mismo tren que tú, en el vagón contiguo, y como está sentada en el mismo lado, cada que voltea por la venta­na observa las mismas imágenes y detalles que tú, con una ínfima diferencia angular, de manera que si sumaran sus enfoques individuales, conseguirían una curiosa perspectiva estereoscopía.

Si piensas o has pensado así, quizá no eres una persona de acción. Debes ser de los que se pasan la vida constru­yendo un cosmos interior y jamás reparan en que afuera de sí hay otro mundo para interactuar, donde también es posible incidir. Puedes divagar sobre las conexiones y simetrías más dis­paratadas, pero, si no lo llevas a la acción, nunca verás nada, nunca estarás en posición de ratificar que en el muestrario de lo que no se dice habitan las situaciones más extrañas. ¿Quién va a cambiar de vagón para preguntarles a los otros pasajeros si reflexionaban acerca de que la vida quizá no es una contingencia sin rumbo, sino una gran telaraña hilada en los niveles más insólitos? Si tuviéramos las agallas para ha­cer o decir lo que nunca nadie hace ni dice, ganaríamos la posibilidad de hallar una variación inédita. Nuevos caminos nos presentarían nuevos paisajes.

Imagina que la persona que piensa igual que tú no está en otro vagón, sino en el mismo, sentada a tu lado izquierdo, y ahora planea cómo, sin decir una palabra ni exponerse en ningún sentido, puede confirmar que tú y ella están sincronizados. Si los dos se abrocharan las agujetas sería una señal, pero pensarían que es una coincidencia. Sería más eficaz una acción muy arbitraria, como sacar de su mochila un cuaderno, trazar con pluma roja un plano cartesiano en el centro de una hoja y, sobre el cuadrante superior derecho marcar la intersección entre una y una con un caracter griego, pi, por ejemplo, para seguir en el mismo campo semántico. Si ambos lo hicieran, estarían probando que nuestro pensamiento no es una huella dactilar irrepetible, como hemos creído por ingenuidad o soberbia. 

En este punto de tus reflexiones sientes un atisbo de mie­do. Si haces lo de la hoja y confirmas tus sospechas, quién sabe y esta­rías accediendo a un terreno sin salida. Desafiar el estado natural de las cosas podría traer un resultado contranatura. Quizá sus acciones e ideas se reflejen eternamente, como si uno fuera la sombra del otro, un interminable juego de espejos que sólo ustedes, las víctimas, serían capaces de ver. Una rebeldía nacida de la abstracción no podría castigarse sino con otra abstracción, extremada hasta lo nunca visto. Te con­vences de que, en efecto, pueden suceder las coincidencias más ex­traordinarias sin que nadie lo note, pero, en el mismo orden de ideas, también han de existir los castigos más silenciosos y zozobrantes. Tal vez por eso, ya sea por intuición o saber apriorístico, los espíritus filosóficos rara vez saltan de la teoría a la acción.

Prefieres no arriesgarte, no porque tengas miedo, sino porque juzgas, no hay necesidad de comprobar todo lo que uno piensa, el método científico no es para todos, a ti sólo te gusta jugar con las ideas. En la siguien­te estación vas a bajar y, tan pronto como pongas un pie fuera del tren, no quedará el menor rastro del castillo de naipes que has venido erigiendo…

Llegas a tu destino. El tren se detiene. Cada uno de los pasajeros voltea a ver la hora, unos  en su reloj de pulsera, otros en su celular y, algunos más, en la pantalla electrónica del va­gón. Quienes traen bolsa, mochila o algún otro objeto lo toman con la mano derecha, el resto se agarra el cabello con la mano izquierda. Todos se ponen de pie a un tiempo y caminan a la puerta de salida, cada quien a su destino. Nadie se da cuenta que, por un instante, visto desde una perspectiva aérea, el espaciado entre una persona y otra, el color de su ropa y sus diferencias de estatura, forman el bajorrelieve de una grafía que, unida a las de otras estacio­nes, articulan la palabra esencial, el sueño del cabalista, el nombre, la cifra, el inicio, el fin.

A Alejandro Nájera

manuel.fons.618@gmail.com
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