Palabras esdrújulas y fábulas de filósofos famélicos y cetáceos

Fábula de una sociedad que se subvierte a una dictadura influenciada por un filósofo con mucho sentido del humor. Tomada del libro "Genios que pintan moscas..."(2024).

A Eduardo Villalpando
En un mágico círculo del trópico, con árboles aromáticos, pájaros de ébano y libélulas púrpuras, cohabitaban dos grupúsculos de filósofos: unos éticos y otros orgánicos. 
Los líderes políticos moraban en un castillo gótico. Ahí cebaban a los filósofos orgánicos como cetáceos para que contaran fábulas políticas, teológicas y económicas, en periódicos y en películas. Los filósofos éticos, obstinados en ser críticos, vivían en míseros cubículos y estaban escuálidos, pues dominaban la gramática, la lírica, la aritmética y la informática, pero no la fotosíntesis. Las condiciones dietéticas, pues, eran un fórmula simple: los hipócritas eran carnívoros; los éticos comían brócoli.
Con su ejército de hipócritas, los líderes fácticos lograron una corrupción geométrica: transmutaron el círculo mágico en un pérfido triángulo: una pirámide con parásitos en la cúspide y un buen número de rústicos sosteniéndolos. 
Los filósofos éticos promovían la conciencia democrática de los rústicos, pero sin acústica, pues eran éticos y críticos, pero harto académicos; hablaban como oráculos, con términos como «prolegómenos», «metafísica», «aristotélico», «heraclíteo», que para los rústicos eran muy  herméticos («heraclíteo» les sonaba a algo erótico, como «clítoris»).
En síntesis, la cátedra de los filósofos éticos no tenía público; los filósofos orgánicos dominaban a los rústicos con su bolígrafo, manteníanlos esqueléticos con su retórica y sus fábulas. 
Pero entre los éticos surgió un filósofo atípico: un cínico muy simpático que humillaba a líderes, politólogos y todo el ejército de hipócritas, sin usar términos académicos ni esdrújulos, sino sinónimos humorísticos. El éxito del cómico fue drástico, su talento irónico fue un bálsamo para los rústicos. 
Los líderes combatieron al célebre filósofo con sus tácticas jurásicas: tildándolo de dipsómano, tratándolo como vándalo, esculpiéndolo como una gárgola con una ánfora; pero el filósofo, aun en estado etílico, era más ácido y más lúcido, tenía ojo clínico para el ridículo y lapidábalos con su ingenio sulfúrico, exhibiendo sus ángulos más patéticos. 
Influenciados por el cínico, los jóvenes volvíanse más intrépidos y menos súbditos, parodiaban a sus líderes políticos y a sus párrocos como zánganos, criticaban sus tentáculos, mofábanse de sus monótonos discursos y sus ridículas leyes.
Según los cálculos de los zánganos más decrépitos, las críticas de esos jóvenes fanáticos podrían ser catastróficas, amenazaban la cúspide de la pirámide; urgían medidas profilácticas: los cómicos, los irónicos, los sarcásticos serían condenados al arsénico. Para que su política fuera más gráfica y contagiara el desánimo, torturaron al célebre cínico con máquinas y, de forma sádica, rompiéronle la mandíbula. 
Los jóvenes rústicos, dolidos por su ídolo, montaron en cólera y rápidos, como un relámpago, apoderáronse del castillo gótico, interceptaron los helicópteros y capturaron a los zánganos. Los líderes y los filósofos orgánicos, trémulos por el pánico, prodigaron súplicas y soltaron lágrimas, pero fueron inútiles. Los políticos murieron desollados; a los orgánicos y párrocos, tras fustigarlos con látigos, los canalizaron a la farándula.
Se montaron óperas bucólicas para divertir al público, donde los párrocos arrastrábanse como víboras y los orgánicos se comían su vómito. La música potenciaba el efecto cómico. Los filósofos orgánicos, asqueados de ese espectáculo patético, sentían cólicos, mas no tenían músculos para combatir a ese ejército de bárbaros. 
Desde aquel sábado mítico en que cayeron los líderes diabólicos, inició una página histórica: el triángulo aristocrático volvió a ser un mágico círculo, con un orden ecológico y democrático. Esos políticos imbéciles multiplicaron al ídolo como una célula y ya el trópico no era católico, sino cínico. En el nuevo régimen no había famélicos, sino afónicos: los filósofos orgánicos por tanto chillar; los filósofos éticos y los rústicos por júbilo, por reír sin límite.

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