Suite para violonchelo

Cuento de un violonchelista obsesionado con crear música nueva. Extraído del libro "Manuscrito hallado en un manuscrito" (2009).

La inteligencia, cuanto más profunda, más se interna en el reino de las sombras.
Pedro Zarraluki, “Las fuentes del vacío”
 
Su imaginación los hace dioses, se recrean en ustedes mismos como dioses.
Friedrich Nietzsche, Aurora
I. Prélude
Quizá con los años, cuando el paso del tiempo vaya erosionando las marcas generales de la memoria y sólo me permita conservar una imagen, un cuadro aislado de lo que fue una mente excepcional, lo veré reclinado sobre su sillón de loneta verde, abstraído, pensando, enriqueciendo con el poder de su imaginación la humilde concreción de las cosas. 
Lo llamaba Demócrito porque, en cierto sentido, me re­cordaba a ese pensador griego, cuya leyenda dice que se arrancó los ojos para no corromper con la vista su entendimiento del mundo. Tenía un modelo de ascetismo extremo. Mandó proteger todas las vías de acceso a su casa con barras de acero y tapió las ventanas con caucho para impedir el paso de la luz natural y los sonidos externos. Los espacios que necesitaban luz se iluminaban con lámparas de aceite; día tarde y noche eran idénticos adentro de la casa. En la cocina había filtros de agua y un gran suministro de alimentos. No sé cuánto tiempo llevaba así. 
Yo por entonces componía una serie de piezas para violonchelo, y todo este ambiente controlado me ofrecía las condiciones óptimas para crear. Hasta ese momento, si bien me inquietaba la situación de Demócrito, mi pensamiento estaba volcado en la música; era la historia de mi vida. Desde que tenía cuatro o cinco años tocaba el piano, luego aprendí el violín, la flauta transversal, el clarinete y el violonchelo. Cuando empecé a vivir con Demócrito llevaba escritas cientos de partituras con madrigales, misas, ensambles de alientos, cuartetos de cuerda, sonatas para piano, etc. En su casa sólo encontré un violonchelo, así que inicié una serie de danzas. Me sentía en la cúspide de mi capacidad creativa. Día y noche deslizaba el arco sobre las cuerdas y el lápiz sobre las hojas pautadas. 
II. Allemande
Nunca vi leer a Demócrito, aunque su casa estuviera llena de libros, supongo que lo estimularía demasiado: un párrafo habría podido mantenerlo dos semanas con la mente en vilo, hurgando los matices ocultos de cada palabra y las connotaciones de esos matices, así como la relación entre cada letra, cada sílaba y cada signo de puntuación, a manera de notas, acordes, progresiones o música; como si cada escrito, sin importar su aparente arbitrariedad, encerrara un cosmos inabarcable, en múltiples niveles. Según él, la única manera de llegar a la verdadera esencia de las cosas era por medio de la in­tuición, sin un alfabeto previo, ni definiciones intermediarias. En ocasiones trabajaba como los pintores, aunque sin otro lienzo que el de su imaginación: tenía una pequeña mesa de encino en el centro del sótano, donde colocaba diversos objetos, a veces ilu­minados con una vela, otras, en plena oscuridad. Una manzana po­día descomponerse antes que agotar su potencial de estímulo. Otras veces, las más, prefería estar solo, encerrado en sí mismo.
Nos veíamos poco, si acaso una o dos ocasiones por semana, cuando coincidíamos en el comedor o en la sala, o cuando iba a buscarlo y lo encontraba de humor para interactuar. Yo dormía en una habitación amplia y bien amueblada donde podía componer y tocar el violonchelo la mayor parte del día, sin irrupciones; mientras que él, se había exiliado en el sótano de su propia casa, no sólo para dormir, sino para pasarse la vida ahí, sobre su sillón verde, con la mirada proscrita. Sé que era una locura, pero así era Demócrito (aun en medio de la soledad necesitaba el lugar más solitario para estar tranquilo (como en una isla metida dentro de otra (acaso él mismo era otra isla))).
Cuando condescendía a abandonar su encierro conversábamos hasta altas horas de la madrugada, perdíamos conciencia del tiempo (como no había relojes en la casa, mi única manera de saber si era día o noche era si mi metrónomo interior me impulsaba al sueño o a la vigilia). Al principio me asombraba que un tipo metido tanto tiempo en el sótano de su casa pudiera departir como una persona normal, con esa voz grave y melodiosa, como la de mi violonchelo; cualquiera habría pensado que el conversador de la sala y el eremita del sótano no eran el mismo, si no fuera porque sus ideas lo identificaban como una huella dactilar; como cuando sostenía que era absurdo habitar paralelepípedos en lugar de espacios curvos, o que el pensamiento se gestaba en las manos, o su teoría de un tiempo helicoidal que nunca pude entender, y aquello de que una persona es menos que la sustrac­ción de todas sus partes, y de que el agua y el jabón son una piedra que rasga la imaginación. Al principio creí que adoptaba esas ideas como un antídoto contra los lugares comunes, o simplemente para llamar mi atención o impresionarme. No tardé en cambiar de opinión.
Como odiaba bañarse, una vez que lo vi pasar, mientras me la­vaba las manos, se me ocurrió embromarlo arrojándole una brisa. En el instante que sintió el contacto con el agua se fue al piso de una manera exagerada, como si le hubiera caído encima una de las vigas de la casa; se paró con torpeza y se fue corriendo y chillando como un loco (el sentido del humor no era su fuerte, nunca bromeaba y las pocas veces que lo hacía, era demasiado abstruso. Ante situaciones que por lo corriente serían graciosas, su rostro permanecía inaltera­do; en cambio hallaba gracia en las situaciones más he­terodoxas: su risa no era una reacción espontánea, sino el resultado de una ecuación, el extremo en una larga cadena de procesos intelec­tuales que, cuando se detenía a explicar, más que invitarme a la risa, me dejaba estupefacto) Quise disculparme. Lo busqué en la sala, la cocina, los armarios, el sótano y cada intersticio de la casa, pero no estaba, había desaparecido. Lo más extraño es que la puerta principal y las ventanas seguían selladas; era imposible salir sin romperlas. El único lugar inexplorado desde que llegué a la casa y hasta ese momen­to, era el ático: tenía una puerta de madera podrida que siempre esta­ba cerrada; sin embargo, las telarañas que cubrían el marco seguían intactas, funcionaban también como un sello. Al día siguiente, por la mañana, escuché su hermosa voz entonando una suerte de mantra desde el sótano. 
No indagué más. A partir de este suceso entendí que sus pa­labras no eran una impostura, sino ideas que, acertadas o no, eran sinceras, y lo afectaban de la manera precisa en que creía debían afec­tarle. Para un hombre que se sostenía con ideas, contravenir dichas ideas era peor que causarle un daño físico.
Un día, después de una larga jornada de trabajo, sentí necesidad de darme un descanso (siempre es bueno para el creador alternar los periodos de trabajo con otros de esparcimiento). Me senté en la sala a leer una novela. Para mi sorpresa encontré a Demócrito ahí, de pie frente a la chimenea, observando un tablero de ajedrez, con todas las piezas en su sitio original. Al parecer analizaba las variaciones lumí­nicas que las llamas desplegaban sobre las piezas del tablero. 
Durante dos o tres horas me abstraje en la trama de la novela. Era la historia de un compositor que, sin darse cuenta, había llegado a su última pieza, no podía componer más: su música había fenecido antes que él y narraba su dificultad por asimilar su condición de luto. La traducción no era muy buena, pero me gustó el personaje, o eso creí; sólo un buen rato después me di cuenta que, de manera inconsciente, cuando seguía el ritmo de las líneas donde el músico contemplaba su instrumento amortajado en un estuche negro, y lo exhumaba con me­lancolía, tratando de recordar lo que fue, estuve tarareando algunas frases melódicas de mi última danza, como si otra de mis instancias se ocupara de la música mientras yo pretendía distraerme en la nove­la. Divagué sobre la posibilidad de que el inconsciente de un músico, además de repetir, pudiera crear. En eso Demócrito se puso de pie haciendo un gran estruendo. Sacudió la cabeza de un lado a otro con un gesto de desaprobación y balbuceó algunas palabras que no comprendí. Se detuvo en cada una de las esquinas del tablero y las observó meticulosamente.
–¿Estudiabas alguna jugada? –pregunté amistoso.
No me escuchó, estaba más ensimismado que nunca. Unos minutos después articuló esta frase que mantuvo mi mente ocupada durante varios días:
–Un juego perfecto no debería terminar jamás. 
III. Courante
No sé si antes de llegar a esa casa me pasó alguna vez, pero, un día, de pronto, comencé a cuestionar mi labor artística. Llevaba toda la vida componiendo y, en términos generales, siempre lo hacía de la misma manera; me era muy fácil. Cuando conoces las formas musi­cales y los elementos que forman una pieza, no queda mucho para la imaginación. Uno construye una frase o un motivo, mete una varia­ción aquí, un coda allá, color en un compás, contraste en una escala, una modulación entre un Fa menor y un Re mayor, y listo: surge el canon, el scherzo, la tarantela, el passacagglia; la pieza se escribe por sí misma, uno sólo toma decisiones menores, las decisiones posibles dentro de una estructura cerrada. Sólo en mi estancia en la casa lle­vaba compuestas más de treinta piezas. De pronto me vino la imagen de Demócrito y me vi encerrado en un sótano cuyas rejas estaban formadas por las líneas de un pentagrama. Sentí vergüenza de mí. La música que para mí siempre fue un orgullo y la única ma­nera de justificar mi existencia, por primera vez me cuestionaba. ¿Por qué siempre igual, por qué siempre lo seguro, por qué no explorar caminos desconocidos? Pensé en el músico de la novela y me llené de miedo. ¿Qué sería de mí sin la música? Hubiera querido saber en qué terminaba esa historia, pero sólo pensarlo me hacía sentir envenenado. 
Una noche intranquila desperté con sed y bajé a la cocina por un vaso de agua. Cuando pasé por el patio, vi el sillón de Demócrito replegado en una esquina, junto a su mesa de encino y otros objetos. Me acerqué a la puerta del sótano, se encontraba entornada, me incliné para ver qué hacía y lo vi de pie frente a una esquina de la pared, en un estado de mutismo no muy distinto al de los muebles recién desaloja­dos. Bajé las escaleras evitando cualquier ruido que lo distrajera y, ya de cerca, vi que observaba una telaraña hilada sobre una de las vigas. Una polilla estaba atrapada y sacudía sus alas con desespe­ración; desde el otro extremo se acercaba lentamente una de esas ara­ñas que llaman “viudas negras” debido a su canibalismo conyugal.
–¿Vive? –preguntó muy serio, casi sin mover los labios.
–Es obvio que va a matarla.
–Ten cuidado con ese tipo de arañas –comenté–, su veneno es muy tóxico.
–Esas arañas han matado a muchas personas –insistí.
–La muerte es una ilusión.
–No eres el primero que piensa eso, Demócrito, pero ten cuida­do, hay situaciones que escapan al dominio del pensamiento.
–No hay límites, hay miedos.
–¿Cómo vas a dormir? –pregunté luego de un largo silencio.
–Como siempre.
–Vi tu sillón afuera, ¿por qué lo sacaste?
–Ya no lo necesito.
Recordé la primera vez que lo vi, con su pequeña figura enfun­dada en unos pants percudidos y una sudadera blanca, lisa, muy sen­cilla. Escondía su rostro tímidamente tras una barba mate oscura y tenía una expresión en sus ojos que jamás he visto en otra persona; daban la impresión de mirar hacia adentro. Toda su figura era un cuadro de austeridad. Ni siquiera permitía que lo viera comer, se escondía para hacerlo, y las pocas veces que lo vi por accidente, deja­ba de comer y se iba. Le avergonzaba su materialidad. De ser posible habría renunciado a su cuerpo para instalarse en un universo abstracto, sin las restricciones de un habitáculo concreto (prueba de ello es que, a veces, cuando hablaba de sí mismo lo hacía en tercera persona, como para despojarse del yo). Las cosas materiales ocupaban el lugar menos importante en su vida; varias veces encontré dinero metido entre los libros o tirado en el piso, incluso en la basura, no pa­recía importarle, sólo se necesitaba a sí mismo y a su imaginación. Las posesiones que en otros funcionan como esos adornos que se usan para disimular las fisuras de una pared, en él eran un estorbo. 
–No puedes seguir así Demócrito.
–¿Cuál es tu miedo?
–¿Miedo? No veo por qué. Es sólo que me preocupas… estás per­diendo el control. ¿A dónde quieres llegar?
–No busco, ando.
–Ten presente que hay situaciones de las que no se puede volver sin desgarrarse en el intento. Estás extremando las cosas y todos los excesos traen consecuencias adversas. Sabes bien que te respeto, pero creo que has llegado muy lejos. No te ves muy sano. Necesitas comer bien, relajarte, descansar…
–Eso no soy.
–Si sigues así, llegará un punto en que no seas…
En ese momento la araña se detuvo. La polilla hizo un movi­miento brusco y un poco accidentado, alzó el vuelo y desapareció. Volteé con Demócrito: tenía esa expresión yerta, como siempre que estaba en uno de sus trances. Preferí no incordiarlo más; sólo empeo­raría las cosas. Me fui a dormir con la sensación de haber lanzado palabras de arena contra un muro de granito.
Después supe que permaneció ahí el resto de la madrugada, en la misma posición, y que esa no era su primera noche en vela, le pasa­ba muy a menudo. Yo mismo lo comprobé más de alguna vez, cuando por casualidad me levantaba en la madrugada y, al pasar por su cuarto, lo veía escrutando las líneas de sus manos o estudiando una imperfección de la pared. Sufría una extraña condición biológica que le impedía conciliar el sueño más de dos horas por día, y a veces ni eso. Tenía los párpados hinchados como el vientre de la “viuda negra” y una piel grisácea como yeso húmedo, pero, por lo demás, su salud parecía sostenerse. A trueque de esos ligeros cambios exte­riores vivía más que cualquier ser humano y utilizaba ese excedente para ejercitar sus extravagancias intelectuales. 
IV. Sarabande
Pasada una semana de no tocar el instrumento tomé una decisión. Destruí todo lo escrito en la casa de Demócrito y comencé un nuevo proyecto. En lugar de someterme a la dictadura del pentagrama, la música tonal o atonal, las formas clásicas o modernas, buscaría algo propio, algo que me fuera revelado por la intuición. Lo llamaría suite y tendría seis danzas, pero de ninguna manera semejaría a las otras, esta vez buscaría una revelación: sería una creación única, mi obra maestra, el testimonio de mi paso por el mundo. Terminado el proyecto abandonaría para siempre la casa y la música.
Lo primero que debía hacer era desaprender todo lo que sa­bía, pero cada que creía liberar a mi imaginación de todas las viejas verdades y me ponía a buscar la música, aparecía como un maldito fantasma una escala mayor, una estructura ternaria, un compás de cuatro cuartos. Sentí un hastío inexplicable, era como si todo mi es­píritu estuviera intoxicado. No había escrito ni pensaba escribir una sola nota, pero cada vez que fracasaba en mi intento por buscar algo propio, escuchaba en mi imaginación, como un reflejo condicionado, el sonido de un papel desgarrándose.
Hasta que, dos o tres semanas después, en medio de una lu­cha interna entre las combinaciones de sonidos que descartaba por usuales y las que no me interesaban por caóticas, se me empezaron a revelar, como si emergieran de una niebla densa y oscura, las pri­meras frases de mi obra maestra. Escuché en mi imaginación, como en un sueño, un breve esbozo del preludio y la alemanda, sentí la belleza recorrer mi espíritu y la intensa emoción de saber que no era nada parecido a lo que había escuchado en toda mi vida. De alguna manera, aunque no con toda claridad, se me presentaron en los días siguientes las líneas generales de las primeras cinco danzas; de la sex­ta, sólo silencio.
No supe nada de Demócrito, hasta cuatro o cinco días después de mi primer hallazgo musical, cuando oí un alarido que venía de abajo. Fui de inmediato a ver qué sucedía. Todo el primer piso y el sótano estaban a oscuras. Subí por una lámpara y regresé sin encenderla (creo recordar que de niño me gustaba andar por la casa con la luz apagada, sin otra guía que mi oído y mi intuición del espacio). Escuché a Demócrito discutiendo con alguien, muy alterado. Me acer­qué sigiloso hasta la entrada del sótano. El estruendo de su voz era cada vez más fuerte; por momentos incluso, emitía una suerte de chillido, como una cuerda que ha sido tensada de más y está a punto de reventarse.
Encendí la lámpara y me introduje de manera abrupta: lo vi de pie, recargado en una esquina de la pared, con los ojos cerrados; sin duda tenía una pesadilla. ¿En qué estado se encontraría su pobre alma? Hubiera querido traer a un doctor, o por lo menos obligarlo a descansar, pero era Demócrito y, tratándose de una persona tan atípi­ca, las soluciones comunes nunca eran lo mejor; cada nueva situación me lo probaba. En su frente se arrastraban chorros de sudor y tembla­ba como una batuta en la mano de un loco. Quién sabe qué horrible suplicio estaría padeciendo. Pronunció algunas palabras ininteligi­bles, quizá de un lenguaje inventado por él para nominar el colapso de su espíritu. 
Cuando recobró el sentido de la realidad, no entiendo por qué, me miró con una combinación de miedo y asombro; luego se frotó los brazos y el pecho como si se congelara por dentro; después, sólo me recuerdo en mi habitación, pero toda esa parte intermedia, entre que estaba en el sótano con él y llegué a mi cuarto, la tengo borrada de la memoria. 
Al día siguiente hablamos de esto, pero sólo conseguí sacarle una frase muy poco esclarecedora: “la música es un sueño de silencios”.  
V. Menuets I-II
Aquí se presenta la parte más extraña de mi relato, pues no sé si po­dré iluminar con un escrito lo que en mi mente se ha debatido en las sombras. Me limitaré a redactar los hechos, bajo el entendido de que las palabras exceden la comprensión de quien las expresa, y de que algún día, una inteligencia ajena a los hechos, estará en mejor posi­ción para elucidarlos.
Una noche me dormí pensando en el último incidente con De­mócrito y, durante el sueño, tuve una de las experiencias más pertur­badoras que recuerde.
Me encontraba en el fondo del sótano, recostado en el sillón de Demócrito, con los ojos cerrados, y podía ver, sin moverme del sillón, pero sabiéndome ahí, a un anciano en una habitación llena de instru­mentos, cuadernos pautados, partituras, atriles y un metrónomo de péndulo. El anciano tocaba mi violonchelo, y yo podía sentir la fric­ción del arco contra las cuerdas, y el contacto de sus uñas amarillen­tas contra el arco, escuchar cada una de las notas y reconocerlas como una versión más diáfana de mi suite. Después, sin dejar de escuchar la música, vi la araña de la viga en un plano detalle: en uno de sus ojos se veía la polilla atrapada; en otro estaba el anciano de espaldas, tocando el violonchelo; en otro estaba yo, sentado en el sillón verde del sótano, visto en perspectiva; en el último que vi apa­recía una réplica de la misma araña, con las mismas imágenes que he mencionado, repetidas en cada uno de sus ojos, sólo que esta vez montada sobre una telaraña blanca con negro, que gradualmente se fue transmutando en un tablero de ajedrez vacío, y luego en las pági­nas llameantes del libro que estuve leyendo aquélla tarde. Empecé a leer, o eso creí, la parte en donde me quedé. Brinqué de línea en línea y después de bloque en bloque: leí más rápido cada vez, y paralela a la prosa surgía la música, y apenas alcanzaba una nueva página, ya estaba cambiando a la siguiente; no perdía detalles de la música del violonchelo ni de la del libro. Cada compás, cada nota, cada silencio, construían una música; mientras que cada línea, cada palabra y cada espacio de la novela, erigían otra. Pasé del courante a la zarabanda, luego a los minuetos y, cuando estaba por llegar al sexto movimiento, cuando una sensación interior me hacía creer que la secuencia de mi obra se concretaría en ese sueño, me invadió una angustia que truncó la música. Vi mi cuerpo desprenderse del que estaba en el sillón y mientras el anciano permanecía sentado, yo subía brincando las escaleras, primero un piso y luego otro, hasta llegar a mi habitación casi tumbando la puerta.
En ese momento desperté y advertí que el estruendo de los pa­sos fue real. Frente a mí se encontraba Demócrito respirando muy agitado. Me miró con terror. Le temblaban las manos. Mi extrañeza no era menor, pero me preocupaba más él. Era la primera vez que pisaba mi habitación en mucho tiempo.
–¿Qué te pasa Demócrito? 
–¿Estás bien? –insistí.
–¡No sé! –gritó encolerizado y salió de la habitación. Lo alcancé en el pasillo aferrando su brazo. 
–Déjame ayudarte –le dije–, ¿por qué estás tan irascible?
–¡Por ti! ¿No te das cuenta?
–¿De qué?
–Olvídalo, nunca lo entenderías.
–Habla claro si quieres que te entienda.
–No puedo, no he podido.
–¡A ver Demócrito, ya déjate de rodeos! ¡¿Cuál es tu maldito problema?!
–¡Tú! –explotó–. Tú y tu vida fácil: tus preocupaciones de músi­co, tu búsqueda artificial, tus conversaciones librescas, tu inteligencia prestada. No te complicas. No tienes que ir más allá… 
–Por supuesto que me complico. ¿Tú qué sabes de música? En­contrar la armonía entre un caos de sonidos y silencios y montarlos en un armazón intangible, como es el tiempo, es mucho más complejo que tu voyeurismo conceptual. 
–No entiendes nada.
–¡Entiendo que te estás volviendo loco! 
–Quizá, pero, la mía ha sido una locura voluntaria, una desvia­ción autoinducida para encontrar nuevos horizontes.
–Qué gran cosa. 
–¿Qué puedes entender?, sólo eres un músico.
–No se requiere más para ver que estás mal. Necesitas dormir en la noche, salir a la calle, tener un trabajo…
–Sí, claro, y escuchar música, hacer planes a futuro, reprodu­cirme, ¿no? Eso está bien para ti. Quien piensa, construye algo mejor.
–Si fueras tan autosuficiente como crees, no correrías como niña a tu cuarto cada vez que escuchas algo inesperado. ¿Por qué no platicas algo de tu vida?: ¿cómo eran tus papás?, ¿has tenido alguna no­via?, ¿qué hacías cuando eras niño?
–No me interesa esta discusión –trató de huir.
–Ves lo que te digo –me interpuse entre él y las escaleras–. Estás sepultado en tu propia conciencia.
–¡Que me dejes en paz! –me aventó.
Caí varios escalones hasta chocar con los balaus­tres del descansillo. Amortigüé el golpe con las manos, pero no pude levantarme durante varios minutos; me sentía cansado de mente y cuerpo. Mi conciencia, durante varios minutos, fue una larga ober­tura de silencios. 
VI. Gigue
Recobré el conocimiento cuando escuché el sonido de mi violonchelo. Venía del cuarto cerrado, el ático. No puedo explicarme lo que pasó, aunque estoy seguro de que pasó: era el sexto y último movimiento de mi composición que se enlazaba sin la menor violencia con las otras cinco partes para dar por concluida la obra que durante tanto tiempo ocupó mi energía…
En el interior encontré la silueta de Demócrito en claroscuro, sosteniendo mi violonchelo, sentado de espaldas a una ventana abierta, al lado de un piano, y entre instrumentos de viento y cuer­da, partituras, un metrónomo de péndulo y varios atriles. Era la primera vez que veía la luz natural en el interior de esa casa en mu­cho tiempo. Tenía el rostro serio, pero no con ese rictus intelectual, sino con una expresión de serenidad que no le conocía. Las voces de personas, vehículos y pájaros se mezclaban desordenadamente con las notas del instrumento formando un extraño tejido contra­puntístico. 
Me quedé con la casa, los libros, y el violonchelo, pero perdí casi todos mis recuerdos, soy casi una memoria vacía, un pen­tagrama sin notas: sólo conservo imágenes veladas del hombre que fui, al lado de otras que no tienen relación con mi vida. Creo que lo único que puedo recordar bien es esta historia que termina con estas líneas, por eso quise contarla… no sé qué habrá sido de él. No he vuelto a bajar al sótano.  
A Natalia Garzón

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