Todo lo que nunca te preguntaste sobre la vida de las estrellas y un irreverente se atrevió a contestar
Cuento contrafactico: lo que habría pasado si Woody Allen se hubiera ido a vivir a Guadalajara. Publicado en la antología "Río entre las piedras" (2014).
Ilustración realizad por Bea Ortiz Wario https://www.facebook.com/bea.o.wario
¿Cómo sucedió el big bang?
Todo inició cuando Woody Allen abandonó su apartamento de Manhattan y cruzó la frontera sur para instalarse en Guadalajara, en una casa de estilo francés de la Colonia Americana. Como no dio entrevistas, conferencias de prensa, ni explicaciones de ningún tipo, la gente asumió que, como Polansky, huía de la justicia americana; aunque nadie se explicaba por qué, entre tantas ciudades del mundo, eligió la nuestra.
Apenas y se le había visto en público (un par de tomas en el aeropuerto y las fotos borrosas que un paparazzo le tomó en un restaurante de Chapalita), pero las comunidades culturales, pseudoculturales y comerciales reaccionaron con gran entusiasmo. La impresión general era que, con el famoso cineasta aquí, Guadalajara ya no era tan provinciana, ni tan católica, ni tan emergente; su sola presencia le daba un aire cosmopolita, un rostro de primer mundo.
Mientras Woody Allen estaba recluido en su casa, según se rumoraba, escribiendo una novela, sus frases circulaban en toda la ciudad, por medios analógicos y digitales; la gente las recitaba de memoria para probar su alto nivel cultural. Entre lectores la más citada era: “Tomé un curso de lectura rápida y leí La guerra y la paz en veinte minutos. Tenía algo que ver con Rusia”, pero las que vendían más playeras eran: “Alístate en el ejército, contempla el mundo, conoce gente interesante, asesínala” y “La última vez que estuve dentro de una mujer fue cuando visitaba la Estatua de la Libertad”.
De un día para otro aparecieron legiones de “alleners”, distinguidas en dos categorías. Los primeros, copiaban la superficie: usaban lentes gruesos de pasta, eran vegetarianos, tartamudeaban muletillas en inglés y fingían todas las fobias que conocían de nombre: hidrofobia, acrofobia, claustrofobia, aracnofobia, agorafobia; los segundos escribían a máquina y emulaban su obra: creaban personajes neuróticos, artistas de clase media con éxito o fama moderada, ancianos intelectuales que se acostaban con jóvenes hermosas y las adoctrinaban sobre literatura, arte moderno, cine y filosofía.
Sus detractores eran mucho menos, pero también formaban dos flancos: unos tildaban sus películas como un asqueroso onanismo estético, puesto que todo remitía a él y a sus traumas; los otros lo acusaban de ser un insensible burgués, por reproducir en sus películas un mundo de fantasía para snobs e ignorar en forma cínica la realidad social de las mayorías. No obstante, esas diatribas eran un murmullo en medio del big bang.
Era tal la influencia de Woody Allen, que en Providencia aparecieron decenas de psicoanalistas y en Avenida Vallarta se replicaron como Oxxos toda suerte de bares y cafés dedicados al jazz. Uno imitaba una escena de Sweet andLow Down, con todo y el guitarrista rasgueando los ritmos manouche, sentado en una luna dorada horrorosa. La Universidad de Guadalajara y el Iteso le ofrecieron sus doctorados honoris causa, pero el artista, en ambos casos, se limitó a enviar un discurso de agradecimiento aderezado con chistes sobre Kierkegaard y Freud. Un joven videoasta creó su versión allenesca de Guadalajara, con pintores, poetas, bailarinas, que jugaban ajedrez en la acera de ayuntamiento, escuchaban música culta en el Degollado, discutían sobre el escorzo en el “Hombre de fuego” sentados en los equipales del Café Fénix, frente al Expiatorio, al tiempo que vivían sus amores cambiantes e impredecibles como la frase improvisada de un saxofón.
En medio de esta efervescencia, los ciudadanos exigieron un cambio de rumbo político que hiciera juego con el nuevo look intelectual de Guadalajara. Surgió el partido rojiazul, constituido por jóvenes universitarios, ninguno mayor de treinta años, que prometió invertir en educación y cultura, abrir carriles para ciclistas en las avenidas importantes, iniciar el más grande programa de reciclaje de la historia, garantizar el respeto a todas las expresiones religiosas, políticas y sexuales, dar asilo a perseguidos de todo el mundo, volver inteligentes a todos los edificios y habitantes de la zona metropolitana.
¿Qué es una estrella supernova?
Con el partido rojiazul en el poder, los teatros, museos, bibliotecas, dejaron de ser la chatarra espacial de Guadalajara y se volvieron sus constelaciones más luminosas. Los partidos de futbol, los payasos callejeros, los comerciantes informales, las películas tipo Fast and Furious, quedaron relegadas de la Calzada “para allá”; de la Calzada “para acá” sonaba la Quinta Sinfonía de Mahler, se proyectaban los clásicos de Bergman y Fellini, había presentaciones de novelas existencialistas, musicales de Broadway, teatro de Ionesco al aire libre. Incluso dentro de esa mitad de la ciudad surgió una subdivisión: en los escenarios importantes sólo se exhibían espectáculos de primer mundo; para los artistas locales se destinaron los lugares menos visibles del centro, pequeños cafés o enormes bodegas donde no dañaran la imagen de la urbe.
La iniciativa pública y, sobre todo, la privada, transformaron de forma milagrosa la zona de Puerta de Hierro en una pléyade. Había boutiques de Gucci, Armani, Dolce & Gabbana, un cubo de Apple, teatro de Broadway, un museo de Ronald Hubbard, galerías de arte contemporáneo, restaurantes, casinos, librerías de cinco pisos… entrar ahí era como viajar a otro país, de forma económica y expedita, sin papeleos, sin maletas, sin manoseos en los aeropuertos. Carlos Slim entró después a la competencia, pero lo hizo en forma sonora, como una big band, cuando erigió en la Avenida Acueducto el Woody Hall, una sala de conciertos deconstructivista, con acabados de cristal, diseñada por Frank Gehry en honor al ícono de la Gran manzana. Faltaban algunos detalles para terminarlo, pero se presumía que ese edificio sería mejor que los escenarios de su tipo en Nueva York, más moderno, con mejor acústica, luminoso como estrella supernova; el Woody Hall sería la torre de Babel que daría a Guadalajara fama internacional.
Para inaugurarlo, dentro de dos meses celebrarían una charla con tres famosos neoyorquinos: Woody Allen, Paul Auster y Scarlett Johansson. Esta vez la presencia del cineasta estaba confirmada porque en ese mismo evento le entregarían las llaves de la ciudad. Las únicas condiciones del artista, como cuando tocaba con su banda en el Café Carlyle, eran que la gente no se le acercara ni le hablara, y que los reporteros mantuvieran una prudente distancia.
Los grupos conservadores y ultraconservadores estaban furiosos. Según sus voceros, Guadalajara se estaba convirtiendo en la Sin City por culpa de Woody Allen, pues era un pederasta, un ateo, un blasfemo, un decadente y, desde que llegó a la ciudad, sólo había traído los peores vicios de Nueva York: la vida nocturna, las bebidas embriagantes y las mujerzuelas. Por su culpa, los jóvenes que antaño paseaban en bicicleta, ahora tomaban vino, llegaban a su casa a altas horas de la noche y hacían bromas sobre el complejo de Edipo.
En todos los estratos socioeconómicos surgieron rumores relacionados con el llamado “fenómeno Allen”. Los más sonados eran:
a) “El tío Sam exige de vuelta a sus enemigos políticos. Los agentes de la CIA ya caminan en nuestras calles”.
b) “El gobierno tapatío está desapareciendo a los opositores en campos de concentración ubicados en Huentitán el Bajo”.
c) “El siguiente golpe del gobierno es contra la iglesia. Van a incautar sus bienes y a convertir los templos en librerías, teatros, escuelas de cine.
d) “Están preparando el terreno para que Woody Allen sea el próximo gobernador”.
Cada quien se creía el rumor más cercano a sus ideas y lo abrillantaba con información propia. Algunos sospechaban que esos relatos eran un ingenioso marketing para generar más intriga y curiosidad sobre la ciudad; así parecía confirmarlo la creciente cifra de turistas.
A la gente le encantaban esas historias porque, por primera vez, todo mundo se interesaba en Guadalajara; esos relatos eran una evidencia de su altura. Las novelas de los escritores más ambiciosos del país, ya no sólo se ubicaban en Estocolmo, Tokyo, Berlín, Moscú; ahora ocurrían en la Colonia Moderna, en el Café D´Val, en la escuela de Música. El artista urbano, Banksy, diseñó un esténcil donde Woody Allen tocaba su clarinete vestido de mariachi. Obras de teatro, coreografías, documentales, orquestaciones, series escultóricas estaban edificando una Guadalajara cultural, mítica como París, Londres, Madrid o Nueva York. El éxito de la ciudad era tal, que en Yucatán y Querétaro ya había ganado el partido rojiazul y amenazaba con expandirse hasta tomar el control del país.
Faltaban dos semanas para el magno evento que llevaría el brillo de la Perla a todos los confines del universo y en la ciudad había una gran expectación. Aun trabajaban a marchas forzadas varios cientos de personas en los últimos detalles del edificio, pero nadie tenía dudaba de que estaría listo para el gran día. Se repavimentó la Avenida Acueducto y le impostaron árboles al camellón para que luciera más orgánica. Ni el gobierno, ni la iniciativa privada y, según algunos, ni el narcotráfico, escatimaron en recursos para que la avenida luciera como Campos Elíseos, Oxford Street, la Avenida Andrássy o la Quinta Avenida.
Una semana antes de la gran inauguración, la manzana donde vivía Woody Allen fue cercada para alejar a los admiradores, paparazzi, reporteros que asediaban su casa y se dispuso una valla humana con cientos de elementos de seguridad para evitar que algún loco perturbara el reposo del cineasta. Los serigrafistas no se daban abasto con la producción masiva de productos conmemorativos. Se redujo veinte kilómetros el límite de velocidad para los choferes de transporte público y a todos los indigentes del centro los llevaron con engaños a un evento al otro lado de la Calzada.
¿Cómo se forman los hoyos negros?
La fresca mañana de otoño que premiarían al astro neoyorquino ocurrió uno de los sucesos más insólitos, un acontecimiento de primer mundo, en el peor de los sentidos. Cuando apenas asomaban los primeros rayos de luz, un avión privado que sobrevolaba el cielo de la Colonia Americana cayó en picada y se estrelló en la mansión de Woody Allen, produciendo un estruendo aterrador y desatando un terrible incendio. Dos personas captaron con las cámaras de su celular la colisión y las llamas que, en unos minutos, convirtieron la apacible residencia del artista en un infierno. Los vecinos, gritaban y se movían erráticos, pero no hubo ninguno, ni tan héroe ni tan loco para exponer su integridad física por una causa claramente perdida.
Aparecieron primero los reporteros locales que los bomberos para registrar con sus cámaras la consunción de la casa. Cuando los medios internacionales llegaron al lugar de los hechos, ya sólo quedaba una pila de escombros ennegrecida por el fuego. Los analistas de la televisión aprovecharon la ocasión para informar que la gente “de a pie” extrañaba su antigua ciudad, tranquila, sin cámaras en cada esquina, sin batallones de extranjeros apoderándose de restaurantes, bares, teatros. Según ellos, la gente estaba harta de que todas las frecuencias radiofónicas estuvieran saturadas con música de cámara u óperas en alemán e italiano que duraban hasta cuatro horas. Además, culpaban al gobierno de esa catástrofe: si el hombre más connotado de la ciudad no estaba seguro, ¿quién podría estarlo? Su interpretación era que ese atentado tenía la rúbrica del fascismo y, si no se actuaba rápido, Guadalajara entera correría con la misma suerte.
Medios de comunicación de todo el mundo informaron que en el Palacio de Gobierno se presentó un tumulto de inconformes: amas de casa, estudiantes, trabajadores honestos, para exigir la destitución inmediata del gobernador. Scarlett Johansson, Paul Auster y otras celebridades regresaron en bandada a Nueva York. Desde la tarde de ese día, el aeropuerto Miguel Hidalgo y Costilla, tenía saturados sus vuelos internacionales. En el noticiero estelar de Carlos Loret de Mola se informó que las fuerzas policiacas trataron a la gente con la mayor brutalidad, provocando varios heridos y, tal vez, un muerto. Las cámaras de Televisa también registraron a algunos tapatíos desesperados, suplicando ayuda del exterior para liberarlos de esa dictadura.
Y fue así como implosionó el “fenómeno Allen”, dejando fuego y escombros por toda la ciudad. Los restaurantes, cafés y foros de primer mundo, impagables para el grueso de la gente, fueron cerrando sus puertas. Las zonas de Chapultepec y Puerta de Hierro quedaron en ruinas, como un pueblo fantasma. Despacio, como un atardecer, se fueron esfumando los lentes de pasta, el jazz, el Teatro del absurdo, los medios internacionales, las estrellas, las playeras con chistes cultos.
En los días siguientes se restituyó el gobierno tradicional y volvió el viejo orden, los partidos de futbol, los poetas locales, las canciones de sólo tres minutos. Ya sin Woody Allen, la ciudad recuperó sus formas y colores reales, su rostro genuino; la Pequeña Manzana volvió a ser la Perla Tapatía.
No quedaron restos del artista, pero en Lennox Hill, el barrio donde vivía en Nueva York, levantaron una escultura en bronce y grabaron con tipografía Windsor una de sus frases, la que mejor abreviaba su sentido del humor, su ingenio, su vida, su muerte: “Este año soy una estrella, pero ¿qué seré el próximo?, ¿un hoyo negro?”.