El gato de mercado que no robaba pollos

Un gato indiferente a los manjares de un mercado.

Suelo ser fiel a los mismos puestos del mercado, pero solo después de haber evaluado todas las opciones. Durante varios meses fui al Mercado El Parral de Puebla, que era el más cercano a mi casa, y ya tenía mis puestos elegidos, pero una vez me metí por un pasillo distinto, cuando iba de salida, y descubrí una pollería nueva. Giré la cabeza como el meme del tipo que va con su novia y le llama la atención el trasero de otra. Era más o menos igual a mi pollería de confianza: cadáveres de pollos desplegados sobre una barra, íntegros y mutilados, y algunos complementos como pan molido, sazonadores, etc., pero tenía el atractivo de lo nuevo e inexplorado. Como no había nadie atendiéndolo, esperé unos minutos. Luego le pregunté a los otros vendedores por el encargado del puesto, pero solo me respondieron que andaba por ahí. Me fui, como amante despechado, imaginando cuál sería mi reacción si me alcanzaba el pollero a la mitad del pasillo y me suplicaba que volviera a comprarle, pero no tuve ese gusto.
En mi siguiente visita quise darle una segunda oportunidad a esa pollería y encontré la misma hilera de pollos sin dueño, pero con una gran diferencia: al mismo tiempo que yo, iba llegando un gato al puesto de enfrente, que también estaba abandonado. Genial, pensé, ese gato se va a robar un pollo y yo, por supuesto, no haré nada para evitarlo: en primera, porque los gatos son mi dilecto; en segunda, porque ese pollero debe aprender a no abandonar su puesto y, en tercera, porque sería muy divertido ver al vendedor desobligado corriendo detrás del gato con el pollo. Lo insólito fue que el gato se apoltronó, en posición de esfinge, a dos metros de distancia, y no mostró el menos interés por esos manjares. Jamás hubiera supuesto que un gato pudiera controlar sus instintos hasta ese nivel; yo mismo, si en lugar de pollos hubieran sido trufas o cacahuates, habría saqueado el negocio.
Esa vez llegó pronto una mujer que atendía el puesto. ¿Qué va a llevar, joven?, me dijo. Pedí pechuga de pollo en filetes, y le señalé el gato con mi mirada, para advertirle de los terribles peligros que acechaban su puesto. Ella siguió mi mirada y se encontró con la del gato retozando, pero empezó a deshuesar la pechuga, sin la menor inquietud. Opté por el lenguaje verbal. Le pregunté si no le preocupaba ver un gato cerca de sus pollos. No, dijo, es tranquilo. Y yo, sin salir de la caja, pensaba, sí, pero es un gato, y llevan millones de años comiendo carne, esas garras y esos colmillos no son para comer bayas. Confieso que evito los diálogos casuales, con conocidos y extraños, pues me entusiasma más el silencio que las pláticas que no dicen nada, pero esta vez no quería irme de esa pollería sin una respuesta detallada, un retrato pormenorizado de ese felino. Intenté preguntarle de otra manera:
—¿Será que acaba de comer?
—Igual y sí —respondió, y siguió fileteando la pechuga, sin inmutarse.
—Está raro, ¿no?, que un gato le tenga respeto a sus pollos.
—¿Tú crees?
Pensé en decirle: «¿Tú crees que lo creo?», pero preví que respondería: «¿Tú crees que yo creo que lo crees?», y preferí ahorrarme ese diálogo que parecería teatro de Ionesco. Se hizo un silencio, ya solo mancillado por las percusiones de su herramienta aplanando la carne. De manera que no supe si era un gato vegetariano, si estaba inmunodeprimido, si era un aristogato que no se rebajaba a comer pollos, si era el gato más honesto de la ciudad y solo comía los pollos que pagaba con trabajo y esfuerzo, si era un gato anósmico, al que le daba igual comer carne que tortillas con agua, o si era una especie de ubergato, con un perfecto control de sus instintos (en cuyo caso me humillaba a mí y a los de mi especie).
He eludido miles de conversaciones sobre el clima, sobre política, sobre la crisis, sobre los jóvenes de ahora… y esa vez que, por fin, había un tema, esa vez que necesitaba una respuesta al enigma del gato y los pollos, solo obtuve monosílabos y silencios… 
Al poco tiempo me cambié de casa y, por tanto, de mercado y de pollería. Así que me quedé con la intriga de esa pollería de La dimensión desconocida; ya no supe si la pollera aprendió su deber de cuidar su puesto o si el gato aprendió su deber de robarse los pollos. 

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