Genios del fútbol que se niegan a hablar en público

Cuento de un joven futbolista argentino que intriga a todos por su genialidad en el campo y porque nunca habla. Publicado en el libro "Genios que pintan moscas..."(2024).

Nunca se había visto un inicio tan prometedor en la liga argentina, como el de un joven que debutó a los quince años con la camiseta 99 de River Plate. Su primer récord lo rompió simplemente con entrar al campo, pues tenía quince años y veintiún días, doce menos que Sergio Agüero, el Kun, quien hasta entonces gozaba de esa distinción. Entró de cambio, en un clásico contra Boca Juniors, faltando cinco minutos para que terminara el partido, cuando su equipo iba perdiendo dos goles a uno, y en siete minutos que jugó, sumando el tiempo de compensación, le dio la vuelta al marcador. Metió un gol de fuera del área y otro donde se quitó a tres defensas y el arquero para entrar caminando al arco. Cuando terminó el partido una jauría de reporteros trató de interceptarlo, pero el joven los gambeteó y se fue sin decir una palabra.  
Toda la semana se habló de la gran victoria del River y el gran futuro que le esperaba a ese joven, pues ni el gran Diego había mostrado tal desenvoltura en su debut contra Córdoba. Con tan solo siete minutos en primera división, ya se decía que sepultaría los apellidos de Maradona y Messi. El entrenador anunció que al siguiente partido iría de titular.  
No hubo manera de entrevistar al niño prodigio en la semana, pero al siguiente partido había una barra de periodistas nacionales y extranjeros, listos para registrar sus primeras palabras. El joven jugó los noventa minutos y metió cuatro goles: de cabeza, taco, campana y tijera. River Plate le ganó cuatro a uno a Independiente. Una vez más, los periodistas trataron de entrevistarlo, pero el chico pasó escoltado, como los políticos cuando les descubren cuentas millonarias en paraísos fiscales. La misma situación se repitió cada partido. 
Jamás se había visto un futbolista así, tan expresivo dentro de la cancha y tan callado fuera de ella. Esa combinación generó mucha intriga. Cada partido la hinchada estaba tan expectante de lo que haría con la pelota como de su reacción a los micrófonos. «¿Por qué no hablás?», le preguntaban los periodistas. «¿Es una cábala». «¿Es una promesa? «¿Sos un mimo?» [risas]. Desde ese momento lo apodaron «Chaplin».  
Su mudez intrigaba a la afición más que su futbol, pues, aunque era un genio, no era el primero: antes habían visto a di Stéfano, Kempes, Maradona, Messi; pero un jugador mudo, eso sí era inédito, sobre todo porque no era mudo, según revelaron sus compañeros y su entrenador. 
Se rumoró que estaba guardando un año de silencio por la pérdida de una novia, que era un pacto con el Príncipe de las tinieblas, que tenía cierto retraso mental, que tenía un timbre de voz irrisorio, como el de ese invitado a un talk-show que se hizo viral por provocar la risa incontenible del conductor; que era también un genio verbal, un tipo elocuente como Demóstenes e ingenioso como Oscar Wilde, pero no quería romper con el estereotipo de los futbolistas.  
Chaplin era tan extraordinario con el balón que otros jugadores profesionales imitaron su mudez para ver si eso mejoraba sus habilidades (tal vez la abstinencia vocal desbloqueaba poderes secretos), y así, llegó un momento en que prácticamente ningún futbolista daba entrevistas. Quizá se les hubiera extrañado, si no fuera porque a Fox Sports se le ocurrió reciclar viejas declaraciones que encajaban bien con las incidencias de los nuevos partidos y a la gente le hacían gracia: 
—En la cancha somos once contra once. 
—Nosotros dominamos, pero ellos metieron la pelota. 
—En el fútbol gana el que hace más goles. 
—Hay días que la pelota no quiere entrar. 
—Hay que seguir trabajando. 
Como el Chaplin no hablaba, le movían los labios con el estilo de las animaciones de South Park y le doblaban la voz: 
—Yo prefiero hablar en la cancha. 
—Todavía no hemos ganado nada; hay que seguir trabajando. 
—Contento por los goles, pero más porque se obtuvieron los tres puntos. 
Durante meses, los aficionados y periodistas lo interpelaron con toda suerte de chistes, groserías, intrigas, adulaciones, para provocarlo, pero se mantuvo silente, hasta que River Plate fue campeón y el Chaplin se coronó goleador del torneo con un promedió de 2,08 goles por juego, entonces, por fin, el genio habló, y después de eso, ya nunca se privó de hacerlo: «Voy a ser campeón del mundo»… «Hugo Sánchez era lauchero»… «Di Stéfano y Pelé jugaban con piedras»… «El fútbol argentino es muy lento»… «al “Loco” Gati le habría metido seis, con los pies amarrados»… «Estoy a años luz de Pelé y Maradona»… «Soy un jugador del futuro»… «Yo cuando juego […] yo cuando encaro […] yo […] yo […] yo […]». 
Estas declaraciones despertaron antipatías, pero sus admiradores alegaron que así eran los genios, un jugador de su clase podía permitirse cualquier arrogancia mientras la sustentara en el campo. Lo malo fue que sus habilidades futbolísticas se fueron desvaneciendo en la medida que se le soltaba la lengua, era como un Sansón cuya fuerza radicaba en el silencio. Desde de que se autoproclamó como Dios del balompié se «humanizó» hasta el punto de que lo mandaron a la banca. Chaplin juró vengarse de ese entrenador llanero y que ganaría diez Botas de Oro en Europa y que levantaría seis copas del mundo.   
Muchos lo intentaron, pero ya nadie pudo callarlo. Le pasaba como a los ludópatas que, aferrados a sus viejas glorias, por más arruinados que estén, tienen la esperanza de recuperarse en el siguiente giro de la ruleta. Se hizo tan lenguaraz y tan lerdo, a un ritmo tan acelerado, que en la siguiente temporada lo mandaron a la Primera B nacional, luego a Primera C, Primera D, y a los dieciocho años terminó su carrera futbolística. Tuvo que buscar otro giro y dejar el país porque en Argentina no le perdonaban no haber ganado esos campeonatos del mundo por culpa de sus boludeces. Fue como si hubiera sufrido una lesión fatal o fuera víctima de una maldición gitana. Ya no pudo hablar en la cancha, la pelota ya nunca quiso entrar. Y todo por no cerrar la boca y seguir trabajando.

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