Harta de tanta subjetividad, tanto desequilibrio, tantas injusticias cometidas por antologadores mediocres y nepotistas en la República de las Letras, una lectora decidió crear la mejor antología literaria, la más objetiva y la más justa. En su selección habría autores y autoras; publicados e inéditos; locos y cuerdos; adinerados, clasemedieros y mendicantes; latinos, mongoles, negros, caucásicos; creyentes, agnósticos y ateos; escritores genuinos y farsantes; intelectuales orgánicos, críticos de Facebook, anarquistas radicales; mutilados del brazo izquierdo y del derecho; homosexuales de nacimiento y condicionados por un evento traumático; textos sumerios, medievales, contemporáneos; publicados en papel, en piedra, en arena, en baños públicos…
Aunque en la República de las Letras había más librerías, bibliotecas, salas de lectura y cafés que iglesias, farmacias, prostíbulos y tiendas de abarrotes juntos, debido a las dimensiones astronómicas de la antología, no habría cabido, aun si se distribuyera en todos los espacios culturales, de manera que la antologadora realizó una edición electrónica y la compartió de manera gratuita en la red, para que cualquiera pudiera leerla o reproducirla, sin trabas económicas ni legales.
Cada uno de los escritores de la República, desde escritores de poemojis hasta narradores que se acostaban con estrellas de cine, escrutó la antología para ver si estaba incluido o, al menos, representado en alguna de las categorías y, en efecto, todos, de manera directa o indirecta, estaban ahí, así que muchos reconocieron la actitud filantrópica y el arduo trabajo de la antologadora, pero eso no la salvó de las críticas furibundas, ni de que un escritor indignado la asesinara con diez puñaladas por la espalda, en plena avenida. Después se supo su razonamiento: si alguien leyera esa obra dieciséis horas al día, a una velocidad humana, necesitaría milenios para concluirla y, suponiendo que la ingeniería genética del futuro nos permitiera esa longevidad, este lector hipotético habría leído una antología muy sesgada y cronocéntrica, pues no incluiría la producción de los últimos siglos, mientras estuvo leyendo la antología, siglos en los que nacerían sus bisnietos que serían grandes escritores marginados arbitrariamente de la antología.
Otro antologador, en la ruta opuesta, se propuso crear la antología más selecta posible: no habría ningún corrupto, ningún estúpido, nadie que tuviera faltas de ortografía, nadie que hubiera recibido una beca del Estado, ningún intelectual que fuera una puta de los medios, ningún tallerista que se acostara con sus alumnas, ningún poeta que se emborrachara con vinos caros y, en un acto de la más loable congruencia, ningún escritor que hiciera antologías para publicarse. Su antología se componía de silencios, de omisiones, de espacios; no tenía páginas, ni portada, ni título, ni ocupaba ningún lugar en el espacio físico, ni virtual; solo era una idea abstracta, un eidos platónico, algo así como la «antologizidad» ubicada en el Topos Uranus. Algunos elogiaron su congruencia; otros renegaron de que en su antología no había nada que leer, pues era la obra de un haragán y un farsante, y cierto lector, muy ofendido, lo asesinó de un balazo en el estómago por mancillar con esa zafiedad la República de las Letras.
Como la República era muy sensible a las antologías y provocaban polémicas, discusiones, disputas, que con frecuencia terminaban en duelos mortales o asesinatos furtivos, se tipificó a las antologías como terrorismo estético y a los antologadores, como sociópatas muy peligrosos. Si se encontraba a alguien con un libro subrayado o con una lista de títulos calificados o jerarquizados, se lo remitía a prisión y, de comprobarse que planeaba o había hecho una nueva antología, era ejecutado en un acto público ante la mórbida curiosidad de lectores y no-lectores.
Aun conscientes del riesgo implícito, otros antologadores emprendieron sus proyectos: una antología de los antologadores más imbéciles, una antología de los antologadores excluidos de manera injusta en dicha antología y otra de los incluidos por error, una antología para leer despierto y otra para escucharla dormido, una antología de palabras de diversas obras combinadas al azar, una de silencios significativos, una antología hecha por humanos, otras por algoritmos, otra por pájaros de la suerte, …
Unos antologadores murieron ahorcados, otros atravesados por una ballesta, otros arrojados de un puente, otros quemados vivos… Hubo tantos antologadores y asesinos muertos que la República de las Letras, en sí misma, se fue depurando de unos y otros, hasta quedar como un pequeño pueblo con un millar de personas indiferentes a los libros y una sola biblioteca, con una docena de libreros polvorientos, en los que se rumora, hay una antología con los cien asesinatos y las cien ejecuciones más espectaculares ocurridos antes de que se fundara la Nueva República de los Iletrados.