La lady poblana
Crónica de mi encuentro con una Lady en la Ciudad Universitaria de Puebla

1. La conjura de los arrendadores
Por una serie de azares, que no vienen al caso, decidí vivir unos meses en Puebla para dedicarme solo a escribir. Descarté rentar un departamento, pues eso implicaría plazos forzosos, comprar muebles, firmar contratos, y mi intención era un paso efímero; me bastaba una habitación cómoda. No me considero muy exigente en eso; pero tengo algunos mínimos: lo más elemental, para mí, es que a la habitación le entre aire y luz, y que haya una cocina limpia. Parece muy básico, pero cualquiera que haya emprendido esta aventura, sabe que infinidad de lugares no pasan estos tres filtros.
Como ya estoy versado en esas lides, pagué varias noches de hospedaje en un hostal del centro y me di un plazo razonable para hallar un lugar digno. Por las noches hacía la bitácora de guerra con información de Facebook, Dadaroom, Vivanuncios, y en el día emprendía las batallas. Necesitaría el espacio de un libro para relatar los lugares y personajes que me fui encontrando, pero como no quiero extenderme, baste decir que en esos días estaba leyendo La conjura de los necios y pasaba de la ficción a la realidad sin grandes saltos.
Una tarde que caminaba por la zona universitaria llamé para preguntar por un «cuarto ejecutivo» que estaba en la zona. Me respondió una voz femenina y, en lugar de las fórmulas de cortesía, me sometió a un interrogatorio: Nombre. Motivos. Ocupación. Estudios. Me pareció agresiva, pero no quise entrar en controversias: Manuel Fonseca. Guadalajara. 37 años. Máster en España. Literatura. Veinte minutos después timbré en una pequeña casa sin número, en una colonia de clase media. El techo tenía uno de esos enrejados metálicos con cuchillas tipo Psicosis (no muy grandes, pero tantas como para descuartizar una res).
—¿Quién? —preguntó enojada, la misma voz del teléfono.
—Buenas tardes. Vengo a ver la habit…
—Dígame cuál es su nombre —ordenó con tono militar.
—Manuel Fonseca.
Sonó el quejido metálico del portón eléctrico…
2. Repertorio de elogios e insultos
3. Habitación ejecutiva
Una empleada doméstica salió a recibirme. La saludé y me condujo en silencio por una escalera que iba de la cochera al cuarto, en el segundo piso. Le hice las preguntas de rigor y me respondía con monosílabos, mirando al piso. Disculpe, me dijo, yo solo muestro el cuarto; si tiene dudas, le puede preguntar a la Licenciada. Bajamos otra escalera que daba a un patio interior, donde estaba el baño para quien rentara el cuarto. Desde ahí se podía ver, a través de un ventanal, la sala de la casa y un comedor. La puerta estaba cerrada. Pregunté dónde se podía cocinar y me informó que no incluían ese servicio, pero podía verlo con la Licenciada. Busqué el anuncio en mi celular y confirmé mi descuido, así que le agradecí la información y dispuse la retirada. Cuando traté de salir me inquietó ver que estaba todo cerrado. La joven que me atendió entró a la casa a abogar por mi liberación y un minuto después se abrió la fortaleza. De una veintena de batallas buscando casa, esa fue la más breve, cinco minutos a lo sumo. Tiempo perdido, sí, pero poco.
Caminé hacia otra casa que estaba por la zona y a las pocas cuadras recibí un mensaje de voz de la Licenciada, indignadísima: «Me acaba de decir la sirvienta que […]». Le parecía ilógico que preguntara por algo que no ofrecía su anuncio, me ponía varios ejemplos de mi acción tan absurda, me daba tips para no hacerlo nunca más y me regañaba por hacerla perder su tiempo. Hablaba alargando las sílabas agudas, con esa entonación de los que se dicen «gente bien».
Sonreí fascinado, pues me pareció un personaje bien definido a partir de unas cuantas palabras. No me resistí a escribirle, por curiosidad literaria, pues sería como interactuar con un personaje de ficción. Acepté que no leí bien el anuncio, confesé que ignoraba el concepto de «habitación ejecutiva» y, ya por travesura, le dije que no tenía educación. Vi que, de inmediato, empezó a grabar otro mensaje de voz, pero, a pesar de la enorme curiosidad que me dio escuchar su mensaje, lo pospuse para la noche, cuando estuviera en mi hostal, pues seguía caminando en la zona y la mujer tenía las clásicas pes de prepotente y perturbada, no sería imposible que fuera amante de un narco y salieran a putearme.
4. Lady Líbano
Horas después llegué a mi cuarto, dejé mis cosas y me tendí en una hamaca metálica que estaba en el patio a escuchar el mensaje de voz, con esa intriga de quien va a ver la película más reciente de un personaje que le gusta e intuye que le espera algo bueno. Me habría decepcionado mucho alguna expresión que desentonara con el personaje o alguna actitud inverosímil, pero se mantuvo fiel al canon de las ladies. Transcribo algunas palabras de su grabación y mi respuesta escrita. Anticipo que no fui ingenioso, ni simpático, ni le escribí nada digno de ser recordado, pero creo que vale la pena la cita textual, pues tanto las palabras de la lady como las mías nos retratan, según lo que para cada uno es insultable:
—No, mi rey, soy bastante educada, es más, si supieras qué tanto pesa un poblano, bueno, no tanto como mi marido [risilla], bastantito […], tenemos detectores de cámara, por toda la calle y luego luego me llamaron, que si eras, este, pues no sé, si estabas pidiendo cooperación o limosna, por tu aspecto […] digo, ya que has venido de tantas Europas y demás, digo, yo acabo de llegar del Líbano y bueno, mi rey, la gente con clase no lo disimulamos […] y regularmente sí, fíjate que tengo rentado a un médico, porque somos otro tipo de clase. Se ve que tú eres de otro nivel. El médico nada más llega y descansa, por eso se llaman «ejecutivas». Lee un poquito más para que sea [sic] un poquito de cultura […].
Me disculpé por quitarle el tiempo, le avisé que la iba a bloquear y concluí:
—Qué bueno que seas próspera, para que tengas algo que presumir, porque se ve que eres una persona horrible.



