El taxista que no aceptaba regateos

Un taxista que no estaba dispuesto a perder diez pesos.

Tenía como cinco o seis años que no me subía a un taxi, por las razones que todos sabemos, pero me mudé a Oaxaca, donde no hay Uber ni similares, y necesitaba el servicio para cargar un ventilador. Bueno, pensé, va a ser una experiencia ligeramente nostálgica, como fumarse un Alitas sin filtro o comerse un Flippy.
Según mis cálculos, un Uber me hubiera cobrado cuarenta pesos por ese breve trayecto, pero estaba consciente de que los taxis cobran más. Mi plan era este: si me cobraba cuarenta o cincuenta, me subía sin chistar; si me cobraba sesenta o setenta, le regateaba diez pesos, para recordar viejos tiempos; si me cobraba ochenta o más, esperaba otro taxi; si el siguiente taxi me cobraba ochenta, los pagaba, resignado; si me cobraba cien o más, a la mierda, hacía un berrinche épico y me sentaba a hacer un nuevo plan. En eso, sin que yo lo llamara, se detuvo un taxi enfrente de mí. Me asomé por la ventana de copiloto, le dije mi dirección y le pregunté cuánto me cobraba. 
—Sesenta.
—¿Cómo ves cincuenta?
—La tarifa es sesenta.
—Está bien. 
En ese momento recordé que siempre fui malo para regatearle a los taxistas, pues soy muy facilón, cedo a la primera. Igual, no era un precio incorrecto, yo estaba conforme; él, que lo estableció, supongo que también. Llegamos al punto pactado y le pagué con un billete de cien pesos. El taxista lo agarró con asco:
—¿No trais cambio?
—No.
El taxista registró la cartera, los bolsillos, el cenicero, la guantera… Dinero no le faltaba; solo en las películas de narcos y en el juego del Turista Mundial he visto esos fajos de billetes tan obesos que no caben en ninguna cartera; por todos lados asomaban billetes de cincuenta: se veía el color rosado, el cinco, el ala de la mariposa, el paliacate de Morelos; pero era evidente que no quería sacrificar los diez pesos. Terminada su ardua búsqueda me dijo:
—No traigo cambio.
Me revisé los bolsillos, por cortesía. 
—Yo tampoco.
—¿Cómo le hacemos? —me preguntó en ese tono de: es tu pedo, resuélvelo.
En una zona comercial se habría podido cambiar el billete, pero estábamos en una zona aislada, a cinco minutos de la civilización. Otra opción muy clásica era echarnos un volado de diez pesos, pero no teníamos moneda y, aun si hubiéramos tenido, si yo hubiera perdido, habríamos quedado en las mismas, porque no tenía cambio. No necesitábamos a Salomón para resolver algo tan obvio. Hice una pausa, a ver si él solito lo proponía, pero como no, me aventuré, con el tono más amable que pude para que no pensara que me regodeaba en mi victoria:
—Ya es el destino, amigo, era un viaje de cincuenta.
—La tarifa es sesenta.
—Bueno, cóbrame los sesenta.
—No tengo cambio.
—Entonces cóbrame cincuenta.
—No me sale.
No supe qué más decir. Sé que, en esas situaciones, a las computadoras con Windows se presionan las tecclazs CTRL+ALT+ESC para ver en qué aplicación se trabaron o se fuerza el apagado, pero ni idea de a qué sistema operativo me estaba enfrentando. No sé si esperaba que le dijera: Por favor, quédate los cien, me gustó mucho tu tenacidad, o: si quieres devuélveme quinientos metros, y yo camino hasta desquitar los diez pesos… Tras cavilarlo varios segundos, hizo una mueca, extrajo un billete de cincuenta de la faja y me lo ofreció, pero sin extender su brazo, para que yo hiciera el esfuerzo de estirarme un poco más. Remató con una frase lastimera:
—Voy a tener que ponerle.
Así, cedió sus diez pesos y, contra todo pronóstico, gané el regateo, pero no quedé con esa sensación de bienestar que da la victoria, al contrario, me sentía culpable, me hizo sentir como si lo hubiera esquilmado, como si yo fuera uno de esos juniors que les regatean a los artesanos, cuando consta en actas que: 1. No soy un junior, 2. Un taxista no es artesano, 3. Jugué limpio. En suma, yo gané en el regateo, pero solo fueron diez pesos; en lo importante, el juego psicológico, me fui derrotado. Una versión que no conocía de: «la casa nunca pierde».   

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