Torturas infernales, orgasmos perfectos
Ensayo sobre los límites del placer y el sufrimiento que podemos experimentar los humanos.

Experimentos sumatorios
Recuerdo un compañero de la secundaria que se había propuesto realizar la mayor cantidad de porquerías simultáneas. Un día nos presumió que la noche anterior, mientras orinaba, sintió el impulso de tirarse un pedo y aprovechó para escupir. Ese era su record hasta el momento, pero no se conformaba con esa gloria efímera, estaba ideando cómo sumar una porquería más cuando su cuerpo le ofreciera una nueva oportunidad, por ejemplo, sacándose un moco. Ignoro qué tan lejos llevó su proyecto porque lo dejé de ver desde entonces, no supe si se reformó o ahora está planeando un ciempiés humano, pero recién lo recordé porque pienso que todos hemos tenido esa curiosidad sumatoria, si no en el campo de la escatología, sí en la cocina, la pintura, la música y, sobre todo, en el placer.
¿Quién no ha hecho el experimento de sumar placeres con la esperanza de que unos enriquezcan a otros y se formen acordes como en la música y la pintura, combinando alimentos, fragancias, drogas, estímulos sexuales?… (me limito a dolores y placeres físicos para eludir otras honduras). Muchos lo hemos intentado con la expectativa de que, por ejemplo, la suma de tres placeres triplique el placer, pero tarde o temprano nos damos cuenta de que hay fugas, pues si bien tres placeres simultáneos se sienten más que uno, el resultado no es una suma perfecta, a partir de cierto punto ya no hay mejoría, sin importar lo que agreguemos. En cambio, para procesar el dolor, nuestro cerebro muestra una sensibilidad prodigiosa; aunque duela mucho aplastarse un dedo del pie o ser torturado por un dentista, siempre hay experiencias más intensas. Aun considerando que el umbral del dolor de cada persona es distinto, los límites generales son amplios y misteriosos como la serie de los números primos; por eso, desde hace años me intriga la frase que Borges atribuyó a Macedonio Fernández: «En un mundo en que los placeres son de juguetería, los dolores no pueden ser de herrería». Incluso cuando leemos, procesamos con distinta intensidad estos estímulos.
Dolores
Es fácil que olvidemos cualquier parte de un libro, pero las escenas de dolor las sentimos con tal intensidad que suelen ser inolvidables. Yo recuerdo muy bien cuando Raskolnikov le parte con un hacha el cráneo a la anciana usurera y la tajada con la que Patrick Bateman le vacía el ojo a un limosnero neoyorquino; recuerdo las amenazantes oscilaciones del péndulo en el cuento del Poe y la descripción del funcionario ladrón al que le trituran la mano con una licuadora en el libro Confesión de un sicario… y, como si hubiera estado ahí, tengo acuñado en la memoria el inicio del libro Vigilar y castigar, donde Michel Foucault describe, a partir de las crónicas de algunos testigos, cómo las autoridades parisinas del Siglo de las luces castigaron a un tal Damiens por el delito de regicidio:
El prisionero fue conducido desnudo sobre una carreta hasta un cadalso en la plaza de Grève. En la mano, previamente quemada con azufre, sostenía el cuchillo del delito. Uno de los verdugos le atenazó las pantorrillas, los muslos, los brazos y las tetillas; tuvo que tirar y retorcer varias veces para arrancarle los trozos de carne. Damiens, que era un conocido blasfemo, gritaba, pero no maldecía. El verdugo tomó una cuchara de hierro hirviendo y se la vertió en cada llaga. Luego le ataron las extremidades para que unos caballos pudieran jalarlas. El escribano se acercó al reo para preguntarle si tenía algo que decir, pero éste sólo gritaba: «Dios mío, ten piedad de mí; Jesús, socórreme» y besaba un crucifijo cuando se lo acercaban. Los cuatro caballos tiraron durante quince minutos hasta romperle los brazos por las coyunturas, pero ni sumando otros dos caballos se logró el objetivo. El verdugo Samson preguntó a la autoridad si prefería que lo cortara en pedazos. La indicación fue intentarlo de nuevo, pero los animales tiraban, aflojaban y el preso caía. Cuando los confesores se acercaron, Damien pidió que lo besaran y rogó que rezaran por él en la primera misa. Tras varios intentos, el verdugo Samson y el que lo atenazó le cercenaron los muslos casi hasta el hueso; entonces los caballos tirarron y le desprendieron, primero los muslos, luego los brazos. Uno de los oficiales contó después que cuando levantaron el tronco para arrojarlo a la hoguera aún estaba vivo. Tardaron cuatro horas en quemarse el tronco y las extremidades.
Placeres
En el otro polo del dolor, la literatura nos ofrece una gran variedad como palacios, jardines, vinos, frutas, figuras sensuales, perfumes, drogas… Recuerdo los bifes de chorizo en Rayuela; el maravilloso bloque de hielo en Cien años de soledad; la bella Beatrice Rappaccini en su jardín paduano, en el cuento de Hawthorne… de una manera muy vívida recuerdo el perfume que crea Jean Grenouille para el viejo perfumero Baldini y la reacción de este al olerlo por primera vez:
La fragancia era tan maravillosamente buena que a Baldini se le anegaron de repente los ojos en lágrimas […] En comparación con Amor y Psique era una sinfonía comparada con el rasgueo solitario de un violín. Y mucho más, Baldini cerró los ojos y evocó los recuerdos más sublimes. Se vio a sí mismo de joven paseando por jardines napolitanos al atardecer; se vio en los brazos de una mujer de cabellera negra y vislumbró la silueta de un ramo de rosas en el alféizar de la ventana, acariciado por el viento nocturno; oyó cantar a una bandada de pájaros y la música lejana de una taberna de puerto; oyó un susurro muy cerca de su oído, oyó un “Te amo” y sintió que los cabellos se le erizaban de placer, ¡ahora, ahora, en este instante! Abrió los ojos y gimió de gozo[1].
En en plano erótico recuerdo que me excitaron el cuento «Meter el diablo en el infierno» de Boccaccio y algunos otros de Anaïs Nin, Bukowski, Sade… pero me produjo una mayor impresión mnésica el inicio de La Historia del ojo:
Hacia muchísimo calor. Simone colocó el plato sobre un pequeño banco, se instaló delante de mí y, sin separar sus ojos de los míos, se sentó sobre él sin que yo pudiera ver cómo empapaba sus nalgas ardientes en la leche fresca. Me quedé delante de ella, inmóvil; la sangre subía a mi cabeza y mientras ella fijaba la vista en mi verga que, erecta, distendía mis pantalones, yo temblaba.
Me acosté a sus pies sin que ella se moviese y por primera vez vi su carne “rosa y negra” que se refrescaba en la leche blanca. Permanecimos largo tiempo sin movernos, tan conmovidos el uno como el otro. De repente se levantó y vi escurrir la leche a lo largo de sus piernas, sobre las medias. Se enjugó con un pañuelo, pausadamente, dejando alzado el pie, apoyado en el banco, por encima de mi cabeza y yo me froté vigorosamente la verga sobre la ropa, agitándome amorosamente por el suelo. El orgasmo nos llegó casi en el mismo instante sin que nos hubiésemos tocado.



