Los cajeros cejijuntos

Dos cajeros de Oxxo muy autoritarios, que regañaban a todos los clientes.

Viví casi un año en Oaxaca, en los tiempos del Covid. Yo, como nunca estuve seguro de si era una pandemia espontánea o inducida, un virus catastrófico o ingeniería social, fiel a mi carácter escéptico, jamás afirmé ni negué nada sobre ese tema, y menos le dije a nadie qué hacer o no hacer, pero sí observé cómo rápidamente brotaron las personalidades autoritarias.
Un día entré a un Oxxo y, en el momento de pagar, vi que estaban atendiendo una pareja de cajeros cejijuntos, como el bebé que es enemigo de Maggie Simpson, pero en versión sesentañera. No tardé en darme cuenta de que esas cejas no era un rasgo natural, como en Frida Kahlo, sino que se les había hecho de tanto enojarse. En los cinco minutos que estuve en la fila vi esos dos pares de cejas apretarse varias veces:
·      La cajera regañó a una embarazada, que apenas iba entrando a la tienda, para que esperara afuera hasta que saliera alguien. La embarazada la mandó a la mierda, regresó a su carro y se fue.
·      El cajero le gritó a alguien de la fila para que guardara su distancia con el de adelante. Ambos cajeros se voltearon a ver, frunciendo su ceño cejijunto con sincronía olímpica. 
·      La cajera regañó a un señor porque no traía un billete más chico. El señor aceptó el regaño bajando la cabeza y la cajera condescendió a atenderlo, pero refunfuñando.
No sé si yo pude haberme salvado de un regaño, pero quiso la suerte que, justo en ese contexto de baja tolerancia, me equivocara de producto. Acababa de insertar la tarjeta de crédito en la terminal cuando me di cuenta y le pedí que me dejara cambiarlo.
—No se puede.
—¿Por qué no?
—Porque ya te cobré.
—No puede haberme cobrado porque no he puesto mi contraseña.
—Pues no, pero ya no se puede hacer el cambio.
—Es que quiero la leche de litro y medio, pero me confundí y agarré la de un litro.
El anciano, indignadísimo:
—¡Cómo vas a confundir la de litro y medio!
—¿Por qué no?, es el mismo empaque y no traigo una báscula. 
—Pero aquí dice muy claramente. 
—Pues más claramente le estoy diciendo yo que no quiero esta leche.
—Ya no te puedo vender la otra. 
Yo me defendí, pero me volvió a regañar. Yo, cada vez más irónico y sus cejas, cada vez más juntas, hasta que, en un gesto infantil, abrazó su leche para que yo no pudiera llevármela y dio la interacción por terminada:
—Sale, pues, adiós.
Así que salí del Oxxo, como la señora embarazada, con las manos vacías, pero a diferencia del señor del «billete grande», con la cara en alto porque, como dirían en el barrio, no se fue limpio el regañón. 

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