En mi primaria todos pertenecíamos a la clase trabajadora, pero, aun dentro de esta clase, había subcategorías. Estas se determinaban por el lonche. Los ricos llevaban dinero para comprar comida en la cafetería, la clase media llevaba lonche de jamón, la clase baja llevaba lonche de huevo o frijoles y la pobreza extrema eran los que no llevaban nada. Mis hermanas y yo nunca traíamos dinero, así que no éramos ricos, pero siempre llevábamos un lonche con salchicha o jamón, y una cantimplora con agua fresca. Era una posición muy cómoda para ellas, pero no para mí, por ser niño. Llevar lonches con carnes frías era una tentación para los más desfavorecidos que, irónicamente, nunca les faltaba energía para romper madres. Yo, como otros niños que llevaban buenos lonches, con frecuencia debía enfrentar sus amenazas:
—Deja le muerdo a tu lonche, cabrón.
—No es mío.
—Deja le muerdo o te lo quito, puto.
—Bueno, pero solo una mordida.
—Una mordida, lo legal.
—Va, pero no le muerdas mucho.
Entonces se dislocaban las fauces para dar una mordida que casi abarcaba la mitad del lonche. Después de eso tenía que recortarle el trozo con el que hizo contacto porque aún se veía esa saliva espesa, muy espesa, y me quedaba con medio lonche. No era un impuesto agradable, pero gracias a esa dinámica, se equilibraban las desigualdades económicas y nadie pasaba hambre.