Miento porque sólo por la vía de la mentira soy capaz de encontrar una superficie en este mundo que no sea una piedra burda, intratable. Miento porque sin el opio de la imaginación no podría andar las calles de la vigilia, sortear las trampas de lo concreto, circuir los sinsentidos de la realidad, como un perro que se persigue la cola. Miento porque la verdad es la que uno se inventa, la que uno se crea y la que uno se cree; como en los sueños, donde las imágenes más disparatadas hacen la urdimbre de un relato que nadie pone en tela de juicio.
Por eso amo el cine y la literatura, por eso disfruto leer y escribir. Soy un dependiente del engaño, un sectario del ardid.
Desprecio las noticias y los hechos, las modas, las leyes y las guerras, pues son los personajes principales de ese libro idiota que denunció Macbeth a punto de morir. No tengo nada que ver con eso. Me avergonzaría más no haber leído a José Lezama Lima, Andreiev o Swedenborg que ignorar la grosera realidad del último siglo. Puedo no estar enterado de los movimientos bursátiles en Nueva York y Londres, la pamplonada en España, o las vanguardias en misiles y bacterias; pero, en ningún caso soportaría ignorar “La caída de la casa Usher”, “El artista del hambre” o “La hija de Rapaccini”. Veo más espectacular el caballo que burló a los troyanos que los aviones de las torres gemelas y me conmueve más la muerte de Alonso Quijano que la de Mahatma Gandhi.
Miento porque las experiencias más intensas de mi vida han sucedido en las páginas de la ficción, porque la realidad de todos los días es un espectáculo soez, un pan y circo para la plebe, un tumor al intelecto, una humillación a la capacidad creativa. La existencia en su modo habitual es una fonda atestada de guisos mediocres y bazofias; vivir así es renunciar a la perla y conformarse con la ostra. La ficción, en cambio, decanta la realidad y la intensifica; toma esa piedra silvestre y la pule hasta sacarle brillo.
Y escribo porque sólo con la alquimia de las letras consigo edificar una realidad decorosa, sólo con las suertes de la pluma puedo bordar una trama sin nudos kafkianos, un guión sin parrafadas inútiles, un escenario sin actores de adorno. Escribo porque la palabra es el único vehículo que nos puede conducir a la esencia última de las cosas, el paradigma platónico, la escalera al topos uranos (buscar el ideal en la esfera de lo concreto es una utopía para masoquistas e ingenuos). Escribo porque sólo en las islas del mito he conocido a la mujer y a la musa, porque sólo con artificios semánticos se puede transmutar la tosca materia de los sentidos en una reliquia para la inteligencia y el espíritu.
Miento, leo y escribo, huyo, me retraigo, me escondo. Soy un desertor de la verdad, un náufrago de los sentidos, un exiliado de lo cierto. Miento, trazo, altero, pulo, delimito a placer. Soy un mecenas de la mentira, un sibarita de la percepción.
Miento cuando finjo mostrar mis emociones como en un desfile de máscaras. Miento cuando pregono el optimismo de Leibniz y aseguro vivir en el mejor de los mundos posibles, o cuando en el pupitre de Cioran denuesto a dios y fanfarroneo contra las miserias del ser. Miento cuando juego con un niño, cuando finjo deferencia ante una anciana, cuando abrazo a una viuda y le doy el pésame por una pérdida más fútil que el galón de leche que dejé morir sobre la mesa. Miento cuando soy el héroe de mis relatos, cuando uso la arcilla de Pigmalión para esculpir a la mujer ideal, cuando le digo a un amigo artista que su novela me conmovió hasta las lágrimas y su sensibilidad artística me recordó al trágico Beethoven. Miento cuando escondo el poemario de Walt Whitman tras el de Mallarmé, y cuando cubro el afiche de Marilyn Monroe con el rostro de Einstein. Miento y miento: todo lo que digo es mentira, y cuando me canso de mentir, miento más y mejor; y cuando parezco haber conseguido la mentira maestra, cuando cada palabra ha sido un abalorio meticulosamente engarzado para satisfacer mi proyecto de fraude, entonces, mi condición de mitómano me traiciona y vuelvo a mentir acerca de esa mentira, como en la paradoja de Epiménides, o como en este monólogo que, me crean o no me crean, les juro que es una mentira.