Los críticos despedazaron en los medios a la orquesta de androides que interpretó el “Himno a la alegría” porque sonaba demasiado humana. El director de la orquesta se disculpó y juró reivindicarse. Para la siguiente función dio a conocer su Sinfonía X8*7j4bZfk.07, el “Himno a la lógica”, que emulaba el enjambre de ruidos de los antiguos módems. El público androide ovacionó a la orquesta, según su tradición, con un aplauso de redonda, dos blancas y tres negras; pero en lugar de detenerse, sucedió lo insólito: cinco aplausos, ocho, trece, veintiuno y así, cada vez más rápido, hasta que la frecuencia de aplausos fue tan alta que se volvió inaudible para cualquier ser orgánico, lo que en la cultura de los androides implicaba el mayor de los reconocimientos, casi la emoción.