Supersticiones de un tipo sin gracia

Cuando va con su novia en la calle, la gente siempre dice «¿qué le ve a ese pendejo?» o «ha de tener mucha lana» o «de seguro es un prodigio en la cama». Ni siquiera él se explica cómo lo aceptó, pues no tiene ningún atractivo: ni belleza, ni dinero, ni personalidad, ni una gran pericia erótica; pero nunca se atrevería a preguntarle, por miedo a que lo fulminara con su respuesta; sería tan estúpido como si hallara un maletín con un millón de dólares y fuera por la calle preguntando de quién es.
Ella es una composición perfecta, como una canción que uno repite una y otra vez sin que disminuya la emoción inicial. Todos quisieran ocupar el lugar de él, pero pocos imaginan sus tormentos. Al lado de esa mujer se siente una estría en la nalga de Marilyn Monroe. Es tan deseada que lo hace sufrir crisis insoportables de celos por sus amigos y amigas, su maestro de guitarra, su jefe, los imbéciles que la ven en la calle. No tolera verla en la calle con vestido, ni con la espalda escotada, ni cuando desnuda su encantadora sonrisa frente a un desconocido; pero nunca se atrevería a decírselo, por miedo a causarle la más leve molestia.
Está convencido de que no la merece y de que cada minuto con ella se dilata más su karma. Intuye que un día, no muy lejano, el azar o los dioses corregirán las fallas en su sistema y le impondrán un castigo espectacular para restablecer el equilibrio en el universo.

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