Desde el primer instante que la vio, a cincuenta metros, supo que esa era la mujer de su vida; a la mitad del camino pensó que un noviazgo pasajero sería suficiente; quince metros más ya sólo quería un acostón, con las luces apagadas; pero al estar a un metro de ella, desvió su camino con el rostro desfigurado del asco, y regresó al punto original para reconquistar la mejor perspectiva.