Su esposo es una basura de ser humano, pero un prodigio en la cama; nadie la ha hecho sufrir ni gozar más que él; es una bestia en el mejor y peor de los sentidos. Lo ama con todo su cuerpo, pero lo odia con todo su ser. En otros tiempos, eso habría implicado un dilema filosófico, emocional y legal, pero gracias a las nuevas querellas digitales, sustentadas en lógicas difusas, un software delimitó la frontera precisa entre el amor y el odio, la pertenencia y la libertad, con base en un algoritmo. El juicio se realizó por internet y, después de ingresar los datos pertinentes, la resolución tardó 1.223 segundos. Su estatus marital quedó así: divorciada de él; casada con su pene.