Vibrar alto, tirarse un puente ¿o qué más?

«Odio la realidad, pero es el único sitio donde se puede comer un buen filete».
Woody Allen
El mejor y el peor de los mundos posibles
Negro
Dado que nuestros pensamientos e ideas influyen en nuestro estado de ánimo, no hay duda que el encuadre de los optimistas es una buena estrategia emocional. El problema es que para adoptar ese ángulo de visión hay que negar buena parte de la realidad. Cuando le iban a Schopenhauer con el cuento de que el universo era perfecto, por los atardeceres bellísimos, la armonía de los astros, el canto de los pájaros, éste les sugería que visitaran un hospital: que vieran leprosos, enfermos terminales, mutilados, quemados, a ver si después de ese espectáculo dantesco mantenían esa mirada tan ingenua. Algo así sucede en la novela Cándido de Voltaire. Mientras que el personaje Pangloss, parodia de Leibniz, insiste en que vivimos en «el mejor de los mundos posibles», la realidad no deja de contradecirlo con una surtida cadena de desgracias. Yo agregaría que para mantenerse optimista hay que ser tonto o egoísta. O sea, sí muy lindos quienes sonríen todo el tiempo como Ronald McDonald´s y no permiten que penetre ningún pensamiento tóxico en su cabeza, pero ¿cómo puede no verse el lado oscuro de la vida? Hay que ser muy tonto para no darse cuenta que el universo no está conspirando para cumplir nuestros deseos. Por otra parte, pienso que es muy mezquino mantenerse ajeno a las luchas sociales, los problemas de la política, las desigualdades económicas, los secuestros, los asesinatos, las torturas, etc. Los problemas existen y mantenerse al margen de ellos contribuye a un ambiente idóneo para perpetuarlos.
Blanco
Aún así, no me parece que la perspectiva pesimista esté perfectamente calibrada con la realidad. He conocido a personas muy inteligentes, con una gran conciencia de los defectos del mundo y las aportaciones de nuestra especie para empeorarlo que, por tanto, desaprueban todo en bloque. Es un mal típico de muchos inteligentes: tener una mirada tan aguzada para detectar los fallos que se vuelven ciegos a los aciertos. Abundan, sobre todo en las redes sociales, los listillos que destrozan obras de arte maravillosas por algún detalle insignificante o que ningunean a personas excepcionales porque cierto día tuvieron una mala actitud, porque son amigos de fulano o porque no queman sus posesiones materiales. No creo que ni Lucifer juzgue con tal arbitrariedad; supongo que tanto él como Dios son más abiertos a la ponderación y el matiz.
Blanco y negro
En suma, oscurecer todo, ni es buena estrategia emocional, ni es objetivo: es una visión, casi tan distorsionada como la otra. La anécdota de Schopenhauer muestra las dos caras del mismo error óptico: el optimista bobo, que es ciego a la fealdad, y el agudo pesimista, que no ve la belleza. Ambas perspectivas están muy sesgadas. Si somos un poquito objetivos, está claro que en el mundo hay de todo. Así lo ilustra, con gran sabiduría, un diálogo entre Alejandra y Martín, en la novela Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato:
—Escucha —dijo, abstrayéndose y mirando al techo mientras chupaba su cigarrillo.
Se oyó una música patética y tumultuosa.
Luego, bruscamente, quitó el disco.
—Bah —dijo—, ahora no la puedo oír.
Siguió preparando el café.
—Cuando lo estrenaron, Brahms mismo tocaba el piano. ¿Sabes lo que pasó?
—No.
—Lo silbaron. ¿Te das cuenta lo que es la humanidad?
—Bueno, quizá…
—¡Cómo, quizá! —gritó Alejandra—, ¿acaso crees que la humanidad no es una pura chanchada?
—Pero este músico también es la humanidad…



