Fantasía científica y ciencia fantastica

Ensayo sobre la relaciones entre la ciencia y la Fantasía. Texto publicado en la Gaceta de la UdeG, basado en la ponencia que di en la Universidad de Oxford en 2010.

Un catálogo de la imaginación
La ciencia es para mí, como dijo Borges de la teología, una rama de la literatura fantástica. Piensen en esto: seres tan pequeños que no son visibles para el ojo humano, instancias psíquicas que esconden otros yoes detrás de la conciencia; portales que comunican dos regiones del universo distanciadas por millones de años luz, cuerdas que componen toda la materia, según la melodía que se les imponga, gatos a la vez vivos y muertos, orificios con tal poder digestivo que se tragan galaxias enteras, redes de células capaces de entenderse a sí mismas, horizontes donde el tiempo transcurre tan lento que si alguien pudiera habitarlo un mes, al regresar a la tierra habrían pasado 800 años.
He seguido la historia de los hombres de ciencia, desde Euclides hasta Gödel, con una emoción comparable a la que me produce la literatura fantástica. He leído y disfrutado a los hombres de ciencia con el mismo placer que a Julio Cortázar, Italo Calvino y Juan José Arreola; tengo a Albert Einstein por uno de los personajes más extraordinarios, al lado de Alonso Quijano, Raskolnikov, Macbeth. Su vida me parece una trama originalísima: su trabajo en la fábrica de patentes, su afición al violín, los tres geniales artículos que publicó a los veintiséis años, su controvertida visión del tiempo y espacio, su triunfo espectacular sobre los escépticos con el eclipse solar de 1919, su sentido del humor, sus frases, sus anécdotas, sus disputas y derrotas consecutivas contra el nuevo orden instaurado por la escuela de Copenhague y sus caídas quijotescas contra las aspas del molino cuántico. 
Me gusta esa frase de Voltaire que dice: “There was far more imagination in the head of Archimedes than in that of Homer”, pues rescata para la ciencia una cualidad que muchos juzgan endémica del arte. No podría afirmar que Einstein y Newton tenían más imaginación que Bocaccio y Jonathan Swift, pero estoy convencido que en un principio, artistas y científicos proceden de la misma manera: ambos imaginan, descubren, inventan. 
Si la relatividad es verdad, todo es posible
He notado que el hombre corriente no toma muy en serio la fantasía, la ve como simple entretenimiento. Se repite el estribillo de que “la realidad supera a la ficción”. Un drama fílmico o una novela se aprecian más si contienen la leyenda “basada en hechos reales”. Esto exige al escritor historias verosímiles y, en este sentido, la ciencia ha jugado a favor de la fantasía. Hasta a los más escépticos se les ve flaquear cuando la ciencia afirma algo, por descabellado que suene, pues tantas veces, el conocimiento inductivo a traspasado las fronteras de lo que llamamos sentido común, que el paradigma de la realidad, no sólo va cambiando entre la comunidad científica, sino en el ciudadano promedio. Las ondas hertzianas, los rayos infrarrojos y ultravioleta, el sonar de los murciélagos, la doble hélice del ADN, las explosiones de estrellas supernovas son acontecimientos tan ajenos a la experiencia común, que si no fuera porque la ciencia ha puesto en ellos su membrete, nadie las creería. Gracias el éxito de la ciencia en ámbitos tan variados como la medicina, la biología, la física, las matemáticas, sus índices de aceptación han venido desplazando a la religión y a la filosofía.
Si bien hay infinidad de fenómenos que podemos comprobar por nosotros mismos, hay muchas otras que sólo aceptamos como un acto de fe. Yo creo en la gravedad por la inercia que me encadena al piso como a un grillete, pero no tengo esa certeza con la relatividad o la mecánica cuántica. No puedo colectar fotones para cerciorarme de que la luz es una partícula, ni puedo viajar a la velocidad de la luz para desacelerar el tiempo y, no obstante, creo ciegamente en la relatividad y en la naturaleza dual de la luz. Si toda la física moderna fuera un complot mundial, un invento de eruditos para divertirse o para ocultar otra realidad o para instaurar una religión universal, ni yo, ni todos los que no tenemos licencia para conducir naves espaciales o disparar pistolas de neutrones, estaríamos en posición de elucidarlo.
Estamos ante una visión que ha penetrado las estructuras más reacias de lo que consideramos lógico y posible. Parafraseando una de las frases de Dostoievski que tan bien han funcionado como epítome del mundo actual, se puede decir que si la relatividad es verdad, todo es posible. 
Es, pues, muy frágil la línea entre la realidad y la fantasía. Tanto el arte como la literatura han probado una y otra vez que sus fronteras no son impermeables. La ciencia se puede ver como una compilación de relatos fantásticos que, por azares del método, han resultado ser verificables, pero aun cuando dejen de ser útiles a las exigencias del mundo práctico; por su imaginación, su belleza, sus intrincadas formas, su espectacular artesanía, tiene afianzado un lugar en el universo de la belleza y la imaginación, como Las mil y una noche de la posmodernidad.

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