Ingenuos y charlatanes
Crónica tomada del libro "El insulto como una de las bellas artes" (Paraíso perdido, 2018)

Llevaba algunas semanas sin trabajo ni dinero y me encontraba al borde de la indigencia. Para ayudarme, Lalo «el Ermitaño», un amigo que vendía películas de culto, me dejó a consignación una parte de su mercancía, con el acuerdo de dividirnos las ganancias. Por la tarde me tendí con un centenar de películas en la Plaza del Expiatorio y, mientras llegaban los clientes, me entretuve con El libro negro de Papini.
Yo estaba muy divertido leyendo todo ese desfile de genios y charlatanes, cuando se acercó un joven sonriente, con aire estudiantil, y me preguntó si le podía regalar una película, cualquier título, sólo porque sí. Me pareció una situación pintoresca, pensé que ese joven era mi charlatán de carne y hueso, y me dispuse a vivir una microaventura al estilo de Gog.
Le expliqué que no podía regalarle una película porque no eran mías, pero que estaba leyendo El libro negro y con gusto le podía relatar una peripecia de Gog, de forma gratuita. Decepcionado, el joven me dijo que así no le servía, que necesitaba algo «material». No me di por vencido:
—Lo que yo te diga, si me escuchas, va a ingresar por tus oídos como una onda sonora y producirá reacciones químicas y eléctricas en tu cerebro. Eso será una «ganancia material». Aunque no sepamos exactamente dónde ni cómo, se depositará en tu memoria algo que no estaba, sin que hayas pagado por ello.
El joven hizo una mueca.
—Es que no es así la tarea… pero gracias —y se fue a buscar un mejor mecenas para su experimento.
«Qué charlatán tan perezoso», pensé. Me decepcionó que no hubiera intentado convencerme con toda clase de argucias retóricas. Si hubiera llevado mi argumento a su clase, aunque no le aceptaran la tarea, al menos aportaría una controversia, quizá provocaría una discusión estimulante. Durante un buen rato estuve frustrado porque la situación no había ocurrido como en el libro de Papini por culpa del estudiante, hasta que comprendí que el problema también era yo, pues para que aquello fuera una peripecia de El libro negro se necesitaban al menos un charlatán y un ingenuo, pero ahí sólo éramos dos charlatanes.
Tomado de El insulto como una de las bellas artes


