He tratado de ser un buen niño, por si un día me muero, así, muy de pronto, como le pasó a mi primo, que pueda irme al cielo; pero tengo miedo que Dios esté enojado por lo del gato. Mi abuelita Meche dice que él todo lo sabe y todo lo ve, pero a la mejor esa vez vio mal y piensa que fue mi culpa y me quiere castigar por eso. Yo trabajo todos los días, lavo un montón de carros y le ayudo a mi abuelita; nunca me sordeo con la feria como mi primo Felipe, que en paz descanse, que se la clavaba en los calzones y luego se iba a las maquinitas o se iba a comer a San Johny. Yo me lo caché varias veces atascándose un «torito» de los grandes, con su aguota de a litro, pero nunca rajé para que no le pegaran; nunca he sido chivatón.
He soñado muchas veces con Felipe, mi primo, que me habla y me dice: «Wicho, vente para acá». Él está como en un cuarto, pero se le ve la cara muy maltratada, como que le han pegado mucho y parece que le mocharon la cabeza, porque tiene muchos hilos en el cuello, como si se la hubieran cosido. Me dice que vaya con él y que le ayude, pero a mí, la verdad, me da mucho miedo; es un lugar muy muy caliente y yo no traigo ni zapatos. Luego se ve que sale un señor de una puerta, pero nomás es como una sombra que se lo lleva, y siempre que viene por mí me despierto sudando y bien asustado, porque yo sé que esa sombra es el Diablo y porque si te llega a tocar, en ese momento te mueres, ya no despiertas. Ese sueño lo he tenido muchas veces, como unas diez.
La mera verdad yo no quería que le pasara nada al gato, pero Felipe y sus amigos me convencieron de que lo sacara del jardín y se los diera, y yo, por tarugo, por andar de quedabién con los grandes, lo agarré y se los di. Se veía que era un gato de casa porque hasta tenía su nombre en un collar: «Toribio», y porque era muy bonito, de ojos azules azules y pelo blanquísimo, como si lo hubieran lavado con cloro. Yo sí me las olía que algo malo le iban a hacer, pero no me imaginaba qué. Ya cuando vi que se lo echaron a uno de esos perrotes matones que traen los policías, me agüité bien feo, porque el gato chilló horrible. El perro lo agarró como trapo y lo despanzurró; se le veían las tripas colgando y saltaban chorros de sangre. Estos canijos estaban bien divertidos, como si estuvieran viendo el chou de los payasos, pero yo me sentí una basura, hasta me dieron ganas de llorar y mejor me fui para que no me acarrillaran.
Hace como un mes iba yo caminando por los camellones de Federalismo, ahí por donde está el Templo del Refugio, cuando así, como no queriendo la cosa, me encontré una caja de cartón con gatitos chille y chille. Yo me di cuenta que era una prueba y me los llevé. Anduve como una semana ofreciéndolos, casa por casa, en la calle, con vecinos, con clientes, hasta que los ocho tuvieron dueño. El único gato que no regalé fue uno blanco, de ojos azules. Mi abuelita me dejó tenerlo si yo lo limpiaba y le pagaba su cosas. Nomás en sus vacunas y la plaquita con su nombre me gasté 500 varos, todos mis ahorros, pero qué importa la feria, yo estoy muy feliz porque siento que es una segunda oportunidad para hacer bien las cosas.
Desde hace varios días no he soñado con mi primo y ahora me siento un poquito menos malo. Toribio es muy juguetón y es súper cariñoso conmigo. Estoy trabajando mucho para darle una buena vida y que su pelo se vea esponjoso y clorado, como el del otro gato, y cuando sea igual, aunque me duela perderlo, se lo voy a llevar a su familia. No sé si esto sea suficiente para pasar la prueba y que Dios me perdone, pero me he estado durmiendo temprano y espero que un día se me aparezca en el sueño y me diga que no fue mi culpa lo que pasó, que yo no soy como mi primo Felipe, que soy un buen niño y que todavía hay un lugar para mí en el cielo.