Mujeres que no se parecen a las conejitas de Playboy

Cuento de un empleado y un patrón que se disputan a la misma mujer. Extraído del libro "Genios que pintan moscas..."(2024).

Hay dos razones por las que nunca he competido por amor, una pública y otra secreta: la pública es que me parece primitivo y considero que se «cosifica» a la mujer; la secreta es que me angustia la posibilidad de perder. En una ocasión, sin embargo, ignoré mis restricciones por Sofía, una joven que llegó a hacer sus prácticas profesionales en el periódico donde yo trabajaba. Mi rival era el director, un anciano corrupto y mujeriego.
Sofía no tenía nada que ver con las mujeres tipo Playboy que tanto excitaban al viejo: era delgada, discreta y nunca usaba ropa que definiera su silueta (ni blusas ceñidas, ni vestidos, ni escotes); para mí, en cambio, era encantadora, con sus converse rotos, sus suéteres raídos, su humor corrosivo y sus pecas sutiles, casi imperceptibles
En la redacción era un secreto a voces que el sultán y el mendigo se estaban disputando a la misma mujer. Nuestros compañeros seguían los incidentes con curiosidad periodística; ningún detalle les pasaba inadvertido; estaban más interesados en esa modesta contienda local que en las noticias nacionales e internacionales.
Cada uno peleaba como sabía y como podía: él, con tesoros materiales, y yo, con bellezas inmateriales. Él le ofrecía privilegios en el trabajo, carros deportivos, departamentos, cruceros por el mundo; yo le platicaba del cielo de Olbers, del “Canon perpetuo” de Bach, de las mágicas ciudades de Italo Calvino.
Si hubiéramos competido por mil chicas tipo Playboy, el viejo las habría ganado todas; pero ni despilfarrando su fortuna podría conquistar a una Sofía. 
Cuando los atentos periodistas la vieron en la cafetería leyendo mi libro anotado de Las ciudades invisibles, viralizaron la noticia entre toda la plantilla laboral. Al día siguiente, a primera hora, el viejo nos echó de su palacio.
Así comprobé la frase de Lord Byron: «El amor es lo único que hay que ganarse en la vida, todo lo demás se puede conseguir robando».

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