Animales miméticos que sueñan con estar en una rotonda
Fábula del mundo del arte, representado por una sociedad de camaleones, donde la escala de valores se pierde. Publicada en "Genios que pintan moscas..." (2024).
Hubo un pueblo de camaleones cuyo valor más preciado era el arte. Los pequeños camaleones estudiaban la naturaleza para recrear sus formas y texturas de la manera más fiel, cuidando, no solo de replicar sus modelos, sino de hallar paletas armónicas y composiciones estéticas. Los camaleones más destacados recibían epítetos muy elogiosos y tanto sus nombres como sus huellas quedaban inmortalizados en una rotonda, donde solo había doce nombres: Los doce genios de Madagascar. Todos los artistas soñaban con estar ahí, pero la competencia era muy difícil; no bastaba nacer con talento, pues la mayoría lo tenía, para llegar al museo de la fama, prácticamente había que ser un dios. Esto generaba mucha frustración, pues era una competencia donde, sin importar los esfuerzos descomunales, lo habitual era fracasar.
El camaleón más destacado era un anciano al que llamaban «Maestrísimo». Sus reproducciones de mariposas y colibríes eran un espectáculo asombroso, pues retrataba su anatomía con una fidelidad fotográfica. Tanto sus admiradores como sus detractores juraban que era un avatar del creador o que era un demon, que había empeñado su alma al camaleón tricorne. Durante su larga carrera, otros artistas fueron comparados con él, pero fueron puro one hit wonder, llamaban la atención un tiempo y luego se esfumaban. Un día, sin embargo, apareció un joven distinto. El Maestrísmo lo ignoró hasta que alguien sugirió que le haría muy bien voverse discípulo de ese joven, entonces, por primera vez, sintió curiosidad.
Cuando el Maestrísimo se presentó al show del joven hizo importantes dos descubrimientos: que hablaba con mucha soltura y era muy carismático, y que sus grandes obras eran un plagio descarado de las suyas, solo que con una técnica espantosa. Después de la ovación, el Maestrísimo se acercó a preguntarle por qué lo estaba plagiando. Esperaba, al menos una disculpa, pero el joven, sonriente, sentenció que entre animales miméticos, era absurdo hablar de firma o de autoría.
El Maestrísimo se indignó, pero volvió a sus obras y se olvidó del asunto, o eso intentó, hasta que uno camaleones notaron la similitud de las obras e interpretaron que el maestro, ya con un cerebro viejo y estéril, le estaba copiando al alumno. Eso ya fue demasiado. El Maestrísimo ocultó sus nuevos diseños con la intención de que el arte camaleónico entrara en crisis y laverdad pusisera a cada quien en su sitio. No tardó en buscarlo el joven, con la cabeza agachada y la piel ennegrecida. Le rogó que siguiera inventando, pues él no era autosuficiente y si dejaban de considerarlo artista, su novia lo abandonaría y sus amigos le perderían el respeto. El Maestrísimo, seguro de su amplia superioridad técnica, lo convenció de que sí podía crear sus propias obras.
El joven no tuvo más remedio que intentarlo, pero como no tenía condiciones para crear, con la técnica camaelónica, convenció a todos de que el arte no se trataba de imitar a la naturaleza, sino de interpretarla, y en vez de pintar su cuerpo como antes, ofreció explicaciones muy seductoras de por qué, por ejemplo, dos piedras tornasoladas eran una pareja de libélulas en llamas. El pueblo acogió la novedad con entusiasmo.
El maestro, rojo de ira, pasó un año creando en secreto la obra más ambiciosa concebida por un cerebro saurópsido. Para conseguir el efecto que buscaba, no utilizó su cuerpo, sino el de una serie de jóvenes, con los colores más vivos y luminosos, orquestados por él. Una mañana, aprovechando los primeros destellos del sol, llamó a la comunidad para que contemplaran su obra maestra: un mural camelónico donde aparecían vívidas escenas del Paraíso y el Infierno. No era una pintura fija, sino figuras que se movían como si estuvieran vivas.
Los camaleones tenían un ojo en el mural y el otro disperso. El Maestrísimo se había ausentado tanto tiempo que no dimensionó la influencia del joven, no vio cómo, con su genio verbal, convertía ramas, hierbas, piedras y cachibaches en magníficas obras conceptuales. En ese contexto, los artistas juzgaron el mural del maestro un vejestorio, un vulgar alarde de técnica, una obra que sólo seducía a las retinas, pero no le comunicaba nada al cerebro, ni al corazón. El anciano deshizo su obra y se retiró con la piel enlutada. Al día siguiente lo encontraron rígido y patas arriba.
El joven conceptual, en cambio, fue llamado: «il Divino» y, según sus cálculos, ya sólo era cosa de morirse para ser el decimotercer genio de la rotonda, pero se le escapó un detalle. Después de que se le envistió con su epíteto, guerreros, deportistas, comerciantes, aristócratas, mendigos, vieron su oportunidad de ganar estatus sin matarse como antes, y tras «il Divino» surgió otro conceptual al que se distinguió con el título de su Alteza serenísima, luego aparecieron: Gran Prócer, Alteza ducal, Alteza serenísima, Alteza real, imperial e ilustrisíma… y un año después a nadie le faltaba un distintivo.
El único inconforme con el fabuloso éxito del arte conceptual era su inventor. Trató de explicarles que no todos podían ser genios, pero los demás no veían ningún problema con el nuevo orden.
—No, camaradas —dijo il Divino—, hay obras buenas y malas.
—¿Según quién?
El joven intentó convencerlos de que él, en su calidad de inventor, podía decidir los criterios estéticos y ayudarlos a distinguir lo genial de lo vulgar, pero a nadie le interesó su validación. Tanto los atosigó con que sus títulos no valían nada, que lo despojaron del suyo. Desde entonces fue llamado «Tú» o «Fulano».
Bajo los nuevos criterios estéticos, hubo tantos artistas geniales, que la rotonda pasó de doce a doce mil genios, o sea, todos, aunque con el tiempo se convirtió en el cementerio comunitario. Las únicas dos lápidas que quedaron aisladas fueron las del Maestrísimo y las de Fulano. En generaciones posteriores, cuando exhumaron esas dos lápidas, supusieron que algunas vez fueron importantes y les erigieron el Museo de los Dos iluminados, a los que atribuyeron una serie de cualidades maravillosas, acordes con los valores del momento. Así comenzó otra historia del arte camaleónico.