Delirios de espectadores que se creen los protagonistas de la película

Cuento del típico personaje que en las presentaciones públicas, más que una pregunta, tiene cualquier otra cosa. Publicado en el libro "Genios que pintan moscas..."(2024).

Cuando terminó la película, la moderadora invitó al público a plantear sus inquietudes a la directora y a los actores. Un joven, con la camisa más pulcra de la sala y la barba más desaliñada de la ciudad, tomó el micrófono para hacerle una pregunta a la directora, que más bien era un comentario que, siendo más precisos, era una retahíla de enunciados caóticos como su vello facial, exigiendo por todos los medios la aprobación del público y los panelistas, con una horrenda combinación de crítica social y frases tan cursis que empalagarían incluso a los fans de Paulo Coelho.
Como el público aún tenía sus palmas en reposo y no daba el menor indicio de despertar de su letargo, el joven siguió su pregunta-comentario-discurso dando giros sobre las mismas ideas, con todos los sinónimos que recordaba, introduciendo los más variados ejemplos, incluyendo su vida, la vida de sus amigos y la de los enemigos de sus amigos. 
Hizo una pausa para tantear los ánimos y chirrió un desagradable silencio en los oídos de la gente, como cuando acercan un micrófono a una bocina, entonces vio que era un público difícil y continuó, pero como ya escaseaban los sinónimos y los ejemplos, introdujo otros elementos que no iban al caso, pero que, según su instinto retórico, se sumarían en el ánimo de los escuchas y consolidarían la unidad de efecto. Imaginaba que al final del evento las chicas hermosas le pedirían su teléfono y su autógrafo, escritos sobre sus cuerpos desnudos, y le rogarían que las instruyera en los misterios del arte, la filosofía, la vida y el erotismo.
Ya sonaban los bostezos y se veían las caras largas, los ceños fruncidos, algunos revisaban su celular desesperados, en busca de algún mensaje de texto o alguna noticia que los distrajera, los panelista veían el reloj, se mordían las uñas, acechaban el micrófono para interrumpirlo en cuanto se presentara la ocasión, como transeúntes indefensos en medio de una autopista de palabras, hasta que el tipo dijo una perogrullada como «no debemos olvidar que los seres humanos no somos los únicos» y en ese mínimo resquicio, cuando ya iniciaba otra sentencia, la moderadora irrumpió con sus palmas y, en una fracción de segundo, se desbordó como una presa la ovación general.
Todos aplaudieron cinco, diez, cuarenta veces, en parte irritados por la situación y en parte divertidos con la complicidad general. Cuando un grupúsculo bajaba el volumen o se callaba, otro lo subía, para asegurarse que el tipo no dijera nada más. Algunos se pusieron de pie para hacer el juego más vistoso. Como el aplauso se extendió mucho más de lo común y sonó hasta la calle, algunos curiosos fueron a ver qué estaba pasando y para no desentonar, en medio del tifón de aplausos, también aplaudieron.
Llegaron empleados, flâneurs, vendedores ambulantes, chicas que iban pasando en su bicicleta y se unieron al aplauso multitudinario; incluso llegaron reporteros con sus grabadoras y cámaras, a registrar ese hecho inusitado, pero no tardaron en sucumbir al frenesí colectivo y abandonaron sus artefactos para sumarse a los aplausos. El joven era el único que no aplaudía y como todas las miradas apuntaban a él, cada que entraba otra persona de inmediato sabía que él era el astro de la noche.
Los iniciadores de la broma, público y panelistas, se fueron cansando y abandonaron la sala, mientras llegaban más curiosos y, gracias a estos relevos espontáneos, el aplauso se extendió durante una hora, cuando ya no quedaba nadie del público original. Con los relevos, el ambiente había fluctuado de la molestia inicial a una extraña sensación de placer. Los sobrevivientes a la ovación se mantuvieron como en estado de trance, hasta que las extremidades dejaron de responderles. Una chica lanzó una suerte de gemido y cayó exánime sobre su butaca. Aquí y allá ocurrió un fenómeno similar, expresado en diversos timbres y tesituras. Lentamente se fue apagando el aplauso, mientras la gente caía saciada y exhausta, como después de una petite morte.   
Los reporteros entonces levantaron sus cámaras y micrófonos, y se abrieron paso entre la muchedumbre para ir a donde estaba el protagonista de la noche a entrevistarlo, pero los que estaban en las butacas vecinas lo habían acaparado con papeles, camisas, ropas interiores. Las chicas hermosas, extasiadas por el suceso, le pedían su teléfono y su autógrafo, escritos sobre sus cuerpos desnudos, y le rogaban que las instruyera en los misterios del arte, la filosofía, la vida y el erotismo. 

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